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Thursday, August 25, 2016

Wednesday, August 24, 2016

Miguel Hernández






Astros momificados y bravíos...

Astros momificados y bravíos
sobre cielos de abismos y barrancas
como densas coronas de carlancas
y de erizados pensamientos míos.

Bajo la luz mortal de los estíos,
zancas y uñas se os ponen oriblancas,
y os azuzáis las uñas y las zancas
¡en qué airados y eternos desafíos!

¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
intimidáis los ánimos más fuertes,
anatómicas penas vegetales

Todo es peligro de agresiva arista,
sugerencia de huesos y de muertes,
inminencia de hogueras y de males.


Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos...

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,
y son mis manos sin las tuyas varios
intratables espinos a manojos..

No me encuentro los labios sin tus rojos,
que me llenan de dulces campanarios,
sin ti mis pensamientos son calvarios
criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
y la olvidada imagen de tu huella,
que en ti principia, amor, y en mí termina.



Pirotécnicos pórticos de azahares...

Pirotécnicos pórticos de azahares,
que glorificarán los ruy-señores
pronto con sus noctámbulos ardores,
conciertan los amargos limonares.

Entusiasman los aires de cantares
fervorosos y alados contramores,
y el giratorio mundo va a mayores
por arboledas, campos y lugares.

La sangre está llegando a su apogeo
en torno a las criaturas, como palma
de ansia y de garganta inagotable.

¡Oh, primavera verde de deseo,
qué martirio tu vista dulce y alma
para quien anda solo y miserable!


Ya se desembaraza y se desmembra...

Ya se desembaraza y se desmembra
el angélico lirio de la cumbre,
y al desembarazarse da un relumbre
que de un puro relámpago me siembra.

Es el tiempo del macho y de la hembra,
y una necesidad, no una costumbre,
besar, amar en medio de esta lumbre
que el destino decide de la siembra.

Toda la creación busca pareja:
se persiguen los picos y los huesos,
hacen la vida par todas las cosas.

En una soledad impar que aqueja,
yo entre esquilas sonantes como besos
y corderas atentas como esposas.
De "Imagen de tu huella" 1934


De "El rayo que no cesa" 1935
Como el toro he nacido para el luto...

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

 

Elegía a Ramón
                                                                (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
                                                                          ha muerto como el rayo, Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Fuera menos penado, si no fuera...
Fuera menos penado, si no fuera
nardo tu tez para mi vista, nardo,
cardo tu piel para mi tacto, cardo,
tuera tu voz para mi oído, tuera.

Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
miera, mi voz para la tuya, miera.

Zarza es tu mano si la tiento, zarza,
ola tu cuerpo si lo alcanzo, ola,
cerca una vez, pero un millar no cerca.

Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.

 Me tiraste un limón y tan amargo...
Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura, sin embargo.
Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo.
Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,
se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.

 

Mi corazón no puede con la carga...
Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta
y hasta mi lengua eleva la sangrienta
especie clamorosa que lo embarga.

Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
mi corazón ya es lengua larga y lenta...
¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
los dulces granos de la arena amarga.

Mi corazón no puede más de triste:
con el flotante espectro de un ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.

Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
que de nostalgia tienes inclinado
medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.

 

Por tu pie, la blancura más bailable...
Por tu pie, la blancura más bailable,
donde cesa en diez partes tu hermosura,
una paloma sube a tu cintura,
baja a la tierra un nardo interminable .
Con tu pie vas poniendo lo admirable
del nácar en ridícula estrechura,
y adonde va tu pie va la blancura,
perro sembrado de jazmín calzable.
A tu pie, tan espuma como playa,
arena y mar, me arrimo y desarrimo
y al redil de su planta entrar procuro.
Entro y dejo que el alma se me vaya
por la voz amorosa del racimo:
pisa mi corazón que ya es maduro.


¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria...
¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
del privilegio aquel, de aquel aquello
que era, almenadamente blanco y bello,
una almena de nata giratoria?
Recuerdo y no recuerdo aquella historia
de marfil expirado en un cabello,
donde aprendió a ceñir el cisne cuello
y a vocear la nieve transitoria.
Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
de estrangulable hielo femenino
como una lacteada y breve vía.
Y recuerdo aquel beso sin apoyo
que quedó entre mi boca y el camino
de aquel cuello, aquel beso y aquel día.

 
 
Silencio de metal triste y sonoro...

Silencio de metal triste y sonoro,
espadas congregando con amores
en el final de huesos destructores
de la región volcánica del toro.

Una humedad de femenino oro
que olió puso en su sangre resplandores,
y refugió un bramido entre las flores
como un huracanado y vasto lloro.

De amorosas y cálidas cornadas
cubriendo está los trebolares tiernos
con el dolor de mil enamorados.

Bajo su piel las furias refugiadas
son en el nacimiento de sus cuernos
pensamientos de muerte edificados.

Te me mueres de casta y de sencilla...
Te me mueres de casta y de sencilla...
Estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla.

Yo te libé la flor de la mejilla,
y desde aquella gloria, aquel suceso,
tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
se te cae deshojada y amarilla.

El fantasma del beso delincuente
el pómulo te tiene perseguido,
cada vez más patente, negro y grande.

Y sin dormir estás, celosamente,
vigilando mi boca ¡con qué cuido!
para que no se vicie y se desmande.


Tengo estos huesos hechos a las penas...
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.


Tu corazón una naranja helada...

Tu corazón, una naranja helada
con un dentro sin luz de dulce miera
y una porosa vista de oro: un fuera
venturas prometiendo a la mirada.

Mi corazón, una febril granada
de agrupado rubor y abierta cera,
que sus tiernos collares te ofreciera
con una obstinación enamorada.

¡Ay, qué acometimiento de quebranto
ir a tu corazón y hallar un hielo
de irreductible y pavorosa nieve!

Por los alrededores de mi llanto
un pañuelo sediento va de vuelo
con la esperanza de que en él lo abreve.

  
 
Umbrío por la pena, casi bruno...

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

 

Una querencia tengo por tu acento...
Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.
Paciencia necesita mi tormento
urgencia de tu garza galanía,
tu clemencia solar mi helado día,
tu asistencia la herida en que lo cuento.
¡Ay, querencia, dolencia y apetencia!:
tus sustanciales besos, mi sustento,
me faltan y me muero sobre mayo.
Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia,
a serenar la sien del pensamiento
que desahoga en mí su eterno rayo.
De "El rayo que no cesa" 1935

 


De "Poemas últimos" 1939 1941
Desde que el alba quiso ser alba...
Desde que el alba quiso ser alba, toda eres
madre. Quiso la luna profundamente llena.
En tu dolor lunar he visto dos mujeres,
y un removido abismo bajo una luz serena.

¡Qué olor a madreselva desgarrada y hendida!
¡Qué exaltación de labios y honduras generosas!
Bajo las huecas ropas aleteó la vida,
y sintieron vivas bruscamente las cosas.

Eres más clara. Eres más tierna. Eres más suave.
Ardes y te consumes con más recogimiento.
El nuevo amor te inspira la levedad del ave
y ocupa los caminos pausados de tu aliento.

Ríe, porque eres madre con luna. Así lo expresa
tu palidez rendida de recorrer lo rojo;
y ese cerezo exhausto que en tu corazón pesa,
y el ascua repentina que te agiganta el ojo.

Ríe, que todo ríe: que todo es madre leve.
Profundidad del mundo sobre el que te has quedado
sumiéndote y ahondándote mientras la luna mueve,
igual que tú, su hermosa cabeza hacia otro lado.

Nunca tan parecida tu frente al primer cielo.
Todo lo abres, todo lo alegras, madre, aurora.
Vienen rodando el hijo y el sol. Arcos de anhelo
te impulsan. Eres madre. Sonríe. Ríe. Llora.

 
 
Muerte nupcial
El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
flota como la tierra, se sume en la besana
donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.

Pasar por unos ojos como por un desierto;
como por dos ciudades que ni un amor contienen.
Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
el corazón a nadie, que todos la enarenen.

Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
Sentimos recorrernos un palomar de arrullos,
y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.

Cuanto más se miraban más se hallaban: más hondos
se veían, más lejos, más en uno fundidos.
El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
Atravesaba el lecho la patria de los nidos.

Entonces, el anhelo creciente, la distancia
que va de hueso a hueso recorrida y unida,
al aspirar del todo la imperiosa fragancia;
proyectamos los cuerpos más allá de la vida.

Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
desplegados los ojos hacia arriba un momento,
y al momento hacia abajo con los ojos plegados!

Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos. Somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.
 
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío...
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.

 
De "Cancionero y romancero de ausencias" 1941 1942
Antes del odio
Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me la bebo yo,
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Espesura, mar, desierto,
sangre, monte rodador,
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme. No.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy, siénteme libre.
Sólo por amor.

Ascensión de la escoba

Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
bajó,  porque era palma y azul, desde la altura.

Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

¡Nunca! La escoba nunca será crucificada
porque la juventud propaga su esqueleto
que es una sola flauta, muda, pero sonora.

Es una sola lengua, sublime y acordada.
Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
y asciende una palmera, columna hacia la aurora.

 
Besarse, mujer...
Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
e toda la vida.
Ascienden los labios
eléctricamente
vibrantes los rayos,
con todo el fulgor
de un sol entre cuatro.
Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte.
Descienden los labios
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.


El amor ascendía entre nosotros...
El amor ascendía entre nosotros
como la luna entre las dos palmeras
que nunca se abrazaron.
El íntimo rumor de los dos cuerpos
hacia el arrullo un oleaje trajo,
pero la ronca voz fue atenazada.
Fueron pétreos los labios.
El ansia de ceñir movió la carne,
esclareció los huesos inflamados,
pero los brazos al querer tenderse
murieron en los brazos.
Pasó el amor, la luna, entre nosotros
y devoró los cuerpos solitarios.
Y somos dos fantasmas que se buscan
y se encuentran lejanos.


En el fondo del hombre...
En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
quiero ver la vida.

En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
sombra sin salida.

En el fondo del hombre
agua removida.

Hijo de la luz y de la sombra...
( Hijo de la sombra )
Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada del sol adonde quieres,
con un sólido impulso, con una luz suprema,
cumbre de las montañas y los atardeceres.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.
El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.
Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.
La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.
El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.
El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.
Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.
II
(Hijo de la luz)
Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.
Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que al fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.
La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.
La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre, donde encontró su nido.
El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.
Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
Y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.
¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.
Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.
Hablo, y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.
III
(Hijo de la luz y la sombra)
Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.
Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.
Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían que grabada llevo allí tu figura.
Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.
Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.
Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva
donde asienten su alma, las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.
Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.
No te quiero en ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

La boca

Boca que arrastra mi boca,
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches
un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.

Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos tremendos aletazos.

El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.
Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.

Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado,
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.
Beso que va a un porvenir
de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca ya enterrada,
sin boca, desenterramos!

Bebo en tu boca por ellos
brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,
oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volver a besarte,
he de volver. Hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos enamorados.

Boca que desenterraste
el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.





Monday, August 22, 2016

Lápidas, círculo sexto: Ignacio Padilla





Recordaba también el tránsito luminoso de su propia muerte, la tarde en que un disparo estremeció la serranía, cuando él, por un instante, se creyó alzado a los cielos en brazos de una legión de ángeles, un millón de espíritus que en pleno vuelo se habrían tapado los oídos para no resentir el eco montaraz de la detonación, el parietal despostillado por la ojiva, el derrumbarse de su cuerpo sobre el suelo de una taberna hedionda a orines, o a fango, quién sabe, madre, porque uno no se fija en esas cosas cuando se está desangrando, madre, uno anda demasiado distraído morirse así, sin susto, con dignidad, sin tiempo siquiera para perdonarme ante Dios ni disculparme con aquellos jornaleros beodos que de pronto vieron los muros de la taberna salpicarse de sangre, ésta es mi sangre, y su cuerpo caer al suelo, éste es mi cuerpo, mi cuerpo sin susto, madre, sin tiempo para despedirme de los borrachos que no vieron a los ángeles llevarme en vilo, porque uno no se fija en esas cosas cuando le matan a un cura en las narices, teniente, aunque se trate de un famoso cura renegado, o de un cabrón hereje, como le llama, teniente, y aunque lo mataran como a un cerdo, teniente, igual era nuestro deber cristiano enterrarle en sagrado, bajo una lápida como Dios manda, y velarlo en una capilla pobre en flores pero, eso sí, señores, muy rica en oraciones que salían como sangre a borbotones por las bocas de una legión de mujeres como demonios del infierno, San Jerónimo bendito, ruega por nosotras, ruega por las arpías, las beatas ignorantes de que en esos momentos, madre, yo seguía de alguna forma vivo, porque mi memoria persistía más allá de mi propia muerte y por encima de mi materia desecha, y también por encima del tiempo, madre, hacia atrás, antes del velatorio, antes del disparo, mucho antes del grito inseguro del asesino al entrar en la taberna con su así quería verte, curita, antes de tantas cosas, madre, cuando en vez de ángeles eran luciérnagas las que aleteaban junto a mí y junto a mí hermano, y cuando no era mi cráneo lo que se dejaba perforar por una bala sino enormes sandías que estallaban tras los disparos del abuelo, sandías como cabezotas verdes de un cuento de ogros que desparramaban su entraña roja en el solar de nuestra casa entre maizales, con sus montones de leña y sus cacharros oxidados en la puerta, con sus hornillas y sus trampas para liebres hacinadas sobre el estiércol y la alfalfa, y el abuelo en el solar con su mirada de otro siglo y su escopeta resbalándole del hombro, madre, nuestro pobre abuelo loco con su sonrisa de prócer olvidado que le hablaba a las sandías como si fueran reos de muerte, jurándoles que las enviaría al infierno, hijos de la chingada, al infierno he dicho, y las ponía sobre una tapia para dispararles con gesto de militar ofendido, al infierno he dicho, cabrones, y las sandías fusiladas vaciaban su entraña sobre el suelo del solar mientras mi hermano y yo, niños aún, corríamos hacia la casa con la picadura de la pólvora en los ojos, gimiendo ante la madre como si nos hubiesen disparado a nosotros, como si nos hubiesen reventado en lo más oscuro de una taberna, madre, rogándote que le digas al abuelo que ya no mate sandías, madre, y ella en la cocina, tristísima entre ollas, ella de pie y los niños en su enagua, asustados todavía, llorando siempre, y la madre que calma, hijos, ya no griten, su padre duerme, esténse calladitos a pesar de los disparos y aunque el padre, bien lo sabían ellos, no iba a despertar con nada, ni siquiera con las sandías fulminadas, mucho menos con el llanto de la madre cuando al hermano lo mató un relámpago y se fue al cielo, hijo mío, mucho menos con mis gritos, madre, que eran los de un niño espantadizo y que vaya a usted a saber a quién salió, comadre, no a su padre, que no es hombre para asustarse con nada, mire usted, tan hecho y tan derecho que ni lloró cuando a su hijo el mayor lo mató un rayo ni tampoco cuando fueron a decirle que al otro hijo, el curita renegado, lo habían reventado en una taberna, compadre, veinte años más tarde de la muerte del primero de sus hijos, cuando el escorbuto mataba vacas como moscas y los jornaleros se bebían sus préstamos del rescate agrario en una taberna apestosa a orines, o a fango, quién sabe, madre, que uno no se fija en esas cosas cuando le arrancan a un hijo, aunque el hijo sea un cura asesinado en el culo del mundo como si fuera un cerdo, o una sandía, madre, como las que destrozaba el pobre abuelo, que se apagó con la muerte del primer nieto y lloró, él sí, el cadáver del segundo en una capilla huérfana de heliotropos pero, eso sí, señores, rica en beatas como arpías que pidieron por su alma a los Santos Niños Inocentes, rueguen por nosotras, mientras la madre hacía prodigios por encender las ascuas y darle gusto a todos, primero al hijo fulminado por el rayo que se había ido al cielo y luego al otro, el curita renegado, que se fue al infierno, con el fogón siempre a nada de apagarse en la cocina, y el abuelo robando sandías del huerto, mandándolas a todas al infierno, cabrones, gastando pólvora y emprendiéndola contra las sandías, teniente, así como lo oye, y espantando a sus nietos, que corrían a casa como si les hubiesen disparado entre las cejas en los más guardado de la sierra, adonde fue a encontrarlo su asesino, teniente, un rapaz que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo a lo que debía hacer, así quería verte, curita, y la madre al hijo que le quedaba vivo, entre orllas, acariciándolo sin prisa, diciéndole que si sigues llorando te vas a ir al infierno o te vas a quedar ciego de tanta lágrima, o al menos tullido para cualquier cosa que no fuese el seminario, el exilio definitivo de la enagua de la madre, la pobre, que se afanaba por tener el almuerzo listo y encogía el puño y lo dejaba caer sobre el cogote del hijo menor porque, en sus tambaleos de miope y mariquita, había tirado una jarra de agua de sandías que se extendió en el suelo como se extendería luego su sangre en una taberna hedionda a orines o a mal vino, quién sabe, madre, que en esos momentos a uno sólo se le ocurre recordar quién fue en la vida que ahora se le escapa, y quién era ese niño taimado que todo lo rompía, y a quién pertenecía esa alma atribulada que tenía un hermano en el cielo y que se preguntaba cada noche por el infierno, que es adonde van a vivir los muertos, hijo mío, no todos, sólo los que fueron malos, los herejes, los niños que quiebran jarras, votos y copas como la que él dejó caer cuando un muchacho torpe le puso una bala en la cabeza, así quería verte, curita, cuando él por fin tuvo la buena excusa de estarse muriendo para que nadie volviese a amenazarle con el infierno, el curita finalmente en paz cayendo al suelo como para besarlo, los parroquianos mirándole con pasmo, los ángeles tapándose los oídos para no escuchar el desplomarse del hombre que jadeaba apenas con la excusa de estarse muriendo, el pretexto aquél que le había faltado antes al esquivar el segundo sopapo de la madre y escapar de la enagua tirando cacharros, encerrándose en la noche de su cama para rogar a Dios, por favor, no dejes que me vaya al infierno, santiguándose la frente por ahora intacta, su frente de niño como una tabla rasa donde se alojarían después la ojiva, el horror, las amenazas de la madre, los catecismos flamígeros, las bendiciones, el infierno, sobre todo el infierno, y los cientos de plegarias semejantes, por favor, diosito, al infierno no, las mismas plegarias entonadas luego en la media luz de su cuarto inundado de luciérnagas como ángeles, los mismos rezos y los mismos ruegos repetidos en la enagua, en el retrete, en la celda helada de un seminario helado donde años después debió marchar con los demás novicios en hileras perfectas, la cabeza gacha, el misal abierto en el tedéum mientras sólo él cerraba los ojos para no mirar las baldosas del pasillo ni los muros, tan distintos de la enagua de la madre, y tan parecidos a las lápidas que él había visto cierta vez impresas en un libro de su abuelo desquiciado, un libro en tercetos italianos e ilustrado cada cinco páginas con pavorosas litografías, entre las cuales halló una que ni siquiera la muerte borraría jamás de su recuerdo, los cuerpos retorcidos de un centenar de hombres en un paisaje cenagoso a orillas de la Ciudad de Dite, allá donde dos poetas encapotados miraban con gesto de latina tristeza un bosque de lápidas destinadas a torturar a los herejes, a espíritus que en vida se habrían llamado Farinata o Giaccomo, almas que habían sido de cátaros o de pontífices o de herejes que habrían traicionado a Dios, o a su Iglesia, o a todos los hombres, quién sabe, madre, porque cuando uno es niño y mira imágenes así en un libro sólo puede aterrarse y preguntar dónde queda este lugar, abuelo, y el abuelo que en el infierno, soldado, ni más ni menos, en el infierno, cabrones, no el de Dios sino el de Dante, no el de las litografías, madre, pues ahora que estaba ahí, en el infierno, podía decir que era verdadero el sufrimiento que se anunciaba para los herejes, aunque ya no podría explicárselo a la madre ni al abuelo, pues una bala le habría llevado hasta ahí, al Círculo Sexto, donde había constatado que el infierno es como lo imaginamos, y que el infierno es la representación del Círculo Sexto, allá donde había perdido ya la cuenta del tiempo que llevaba en el ultramundo, un siglo o un eterno instante desde que se desplomara en el suelo de una taberna apestosa a orines, quién sabe, madre, pues de cualquier forma el dibujo en el libraco del abuelo había mentido, ahora lo sabía, ahora podía decir que el de Dante era un infierno justo, y el infierno, madre, no puede ser justo, porque en el libro del abuelo el lodo de la Estigia no apestaba como en verdad apesta, y porque en el grabado no quemaban los remordimientos como ahora le quemaban los suyos ahí, bajo su propia lápida de cura renegado, al lado de los herejes Giaccomos y Farinatas, los que traicionan a Dios y a su Iglesia, hijo, decía el abuelo desde el limbo o desde el infierno de los locos esperando que sus palabras llegasen ahí, hasta su tumba, bajo una lápida como Dios manda, teniente, una lápida que él ahora debía alzar mientras el lodo de la Estigia se le metía entre las piernas, y mientras todo junto a él hervía y le hacía alzar su lápida en busca de aire, aunque ahí, en el Círculo Sexto, el aire también oliese a orines, porque en el infierno de verdad, madre, los dos poetas latinos no estaban para atestiguar mi tormento ni para asentir con lágrimas de verso cuando les explicase cómo y por qué había llegado hasta los linderos de la Ciudad de Dite, en la página centésimo cuarta del libro del abuelo demente, en aquel grabado atroz de su niñez, al que se supo destinado cada cuando rompió un cacharro y su madre le juró que si seguía rompiendo cosas se iría al infierno, o cuando el abuelo, en un momento de cordura, le explicó que bajo las lápidas del Círculo Sexto, soldado, están los herejes, los que traicionan al dios del seminario, el mismo dios y el mismo seminario de tantos recorridos de madrugada hacia la capilla, en hileras otra vez perfectas, otra vez el misal abierto en el tedéum, y él, sólo él, con los ojos cerrados ante esos muros como lápidas, el mismo dios de las hostias y el vino que él, un día, pudo al fin consagrar, éste es mi cuerpo y ésta mi sangre, hasta que un disparo de venganza lo mandó a saber cuáles eran las verdades y cuántas las mentiras del infierno dantesco, madre, a confirmar qué tan ciertos habían sido sus miedos en la infancia, qué tan áspera la cúpula de roca sobre el paisaje del Círculo Sexto, y qué tan copioso el llanto bajo las sábanas o bajo las lápidas que vio cierta vez impresas en el libro del abuelo, página centésimo cuarta, hojeado a escondidas entre fieles e infieles, entre él y su hermano, el fulminado y el maldito, frente a una comarca entera de jornaleros como odres a medias pasmados por la sangre, ésta es mi sangre, y ante el asesino que había entrado titubeante en la taberna después de seguir por varios días al curita renegado, lento, seguro de que aquel saltear de pueblo en pueblo acabaría de ese modo, con su así quería encontrarte, curita, esperándolo, lista la víctima para inmolarse y caer creyéndose llevada al cielo por ángeles como espadas, aunque en realidad lo estuviesen refundiendo en los infiernos, cabrones, no esos ángeles sino uno solo, el ángel terrible, el perseguidor que apenas distinguía entre el honor ofendido y el miedo, rogad por nosotros, el ángel muchacho, el ángel justiciero, el ángel medroso a quien él, la víctima, el curita renegado, ni más ni menos, había estado esperando con la espalda untada al muro de la taberna, como a una lápida infernal, de cara a la sombra, las manos encallecidas de resignaciones, adelantándose ya, en su mente, hacia el lodo estigio y hacia aquella condenación tan buscada en su ministerio profano, un ministerio de sandalias raídas y de pies hartos de andar por tanta plaza y tanta casa anunciando a sus devotos que no teman más, porque yo he recibido la autoridad para perdonarles del infierno, y sí, perdonarlos a todos de cualquier condena, teniente, mire usted, diciéndonos que, hiciéramos lo que hiciéramos, no habría infierno si no pensábamos que lo había, y que él cargaría con los pecados de cada uno para que nadie nunca tuviera que imaginar ni padecer el miedo que él había padecido desde niño, y para que el infierno no pesara sobre nuestras consciencias como la lápida que ahora le pesaba sobre el pecho, explicándonos que así pecásemos, así rompiésemos millones de jarras de agua de sandía o de vino como sangre, así disparásemos en la penumbra contra el cráneo venerable de un curita renegado, así mereciésemos el infierno, madre, yo igual los eximía a todos de sus pecados, hasta a mi propio asesino, al que yo mismo confesé días antes de que me matase, a sabiendas de que ese pobre muchacho vendría a buscarlo con su ojiva diminuta y su grito de así quería verte, curita, empacando el alma para hundirme acá, en la Estigia, y para decirte, madre, desde ahora, que el dibujo en el libro no dolía como de veras duelen los gritos de los cátaros, los gritos de cada uno de los herejes que ahora compartían con él su pena gimiendo en toscano, en árabe, en lenguas que dejaban de importar cuando el gemido se volvía uno y comprensible para cualquiera que pasara por ahí, llorad, almas perversas, no veréis jamás el cielo, perded toda esperanza de que un día vengan los poetas que prometía el libro aquel, página centésimo cuarta, perdedla, os digo, no esperéis que vengan los latinos a aguantar este dolor, madre, tanta mierda en el suelo, tanta sangre, tanta contradicción en la teología infame del castigo eterno, tanto descreer de un dios capaz de crear el infierno, tanto arrepentimiento diferente del de quienes acercaban los labios a la malla del confesionario, Ave María purísima, y de hinojos, sin pecado concebida, cantaban faltas que el curita hereje no se molestaría en escuchar, pues igual les diría ve en paz, hija mía, ve en paz, hijo mío, porque te digo que desde ahora has destruido el infierno, y bendiciéndoles a todos, incluso a su asesino, un mozalbete que los siguió mientras él iba sumando pecados ajenos a los propios, cuánto peso para un solo hombre, madre, cuánta pena para el santo de veras que se había ganado a pulso su lugar en el Círculo Sexto, ya no en el libro del abuelo sino en el verdadero infierno, un suplicio que estaría sólo diseñado para él, pues en el seminario le habían dicho dar la otra mejilla, y él la había dado, y que había que ser siervo de los hombres, y él lo había sido, y que había que darlo todo, no sólo la vida o la muerte sino la propia Salvación, la del alma, se entiende, que se purificaría en su traición a la Iglesia desde la iglesia misma, la iglesia que lo había parido y transformado después de tantos misales, confesiones, desfiles entre muros como lápidas, la Iglesia que lo mandó a un círculo muy próximo al de los violentos, donde los asesinos y los verdugos paladeaban acaso el mismo lodo que los herejes y escuchaban el mismo llanto que fluía de la laguna infame y elevaba la barca de Caronte mientras él gritaba que yo no pertenezco aquí, madre, pues ahora sé que el infierno debe ser injusto para ser infierno, aunque los teólogos y los poetas cantasen otra cosa, aunque el vaso de vino o la jarra se rompiesen en mil suelos, aunque las sandías reventadas, aunque el hermano fulminado por el rayo, aunque así quería verte, curita, arrepentido en serio de tantas bendiciones repartidas como peces y como panes, arrepentido de tantos te perdono del infierno para que tu vida sea menos pavorosa que la mía, para que tus noches no estén llenas de ruegos contra la pena, ni llenas de caminatas de pueblo en pueblo, asustado por las lechuzas, recordando para seguir adelante el miedo que había sentido de niño, por favor, Dios, no dejes que me vaya al infierno, y reemprendiendo la marcha entre galpones de mineros y alcarrías semidesiertas, empeñado en su inútil redención del mundo y en su vana destrucción del infierno para todos menos para él, en ese ministerio de hereje santo en que él sólo había cometido un error, madre, uno solo, quizá negarse como un asceta a las insinuaciones de una mujer que lo había deseado de veras, éste es mi cuerpo, y que luego, despechada, habría puesto tras sus pasos a un hermano o un antiguo novio fulminado por el resentimiento de quiméricas deshonras, esa mujer que era tan deseable y necesaria ahora, en el Círculo Sexto, página centésimo cuarta, donde el cieno le metía alimañas en el sexo y le hacía darse cuenta de que ninguno de los que compartían su condena eran en verdad herejes, que ni Farinata ni los cátaros compartían su pena, y que por eso precisamente estaba él ahí, en un lugar de castigo al que no pertenecía, atormentado por no entender qué crimen habría cometido, escandalizado por saber que había tenido razón en perdonar a todos del infierno y que la incertidumbre del siervo de los hombres es el infierno, y que el infierno es su representación y que la salvación es el olvido del infierno, la salvación del último y el primero de todos los hombres a los que había perdonado en cada bendición del vino que le recordaba el jugo de una sandía herida, ésta es mi sangre, en cada baldosa semejante a una lápida, en cada fragmento de aquel segundo esplendente en que la ojiva diminuta me hizo recordar las sandías que al estallar vertían su entraña tras el certero escopetazo del abuelo.



 Este cuento forma parte del volumen Los reflejos y la escarcha, tercera entrega de la Micropaedia.







Sunday, August 21, 2016

LAS FURIAS DE MENLO PARK: IGNACIO PADILLA




EL PRIMER CARGAMENTO se perdió en el Atlántico a mediados de octubre. Seiscientas niñas de cerámica se ahogaron a escasas millas de Rotterdam sin que hubiera dios ni ayuda para impedir esa zozobra de encajes, piernas, brazos y ojos de vidrio que miraron sin mirar a los peces que no podrían devorarlas. Ahí seguirán ahora: sonrientes, mudas, hacinadas entre algas como en la fosa abierta en el jardín de un pederasta, estrafalario sueño de fotógrafos marinos y coleccionistas de juguetes que estiman el valor de cada muñeca en poco más de mil trescientos marcos alemanes. Frente a esa cifra desmedida, se vuelve difícil creer que Edison pagó por ellas poco menos de dos dólares, cantidad que aun entonces se diría irrisoria. En una carta fechada en vísperas del naufragio, el inventor felicita encarecidamente a Bernard Dick, su adelantado en Europa, por el éxito de sus negociaciones con los fabricantes de Nuremberg, y llega incluso a anticipar que, si las muñecas resultan efectivamente adecuadas para su proyecto, las ganancias de esa primera entrega le permitirán muy pronto abrir en Nueva Jersey una fábrica que les ahorre la importación de ejemplares europeos. 
Mucho menos efusivo es el telegrama que Thomas Edison dirige a su socio en cuanto tiene noticia del desastre. El monto de la pérdida le parece ahora estratosférico, casi un crimen si se añade a la factura el costo de los numerosos avatares que se vienen presentando en su camino desde que entró en la carrera por crear un juguete parlante. No sólo han transcurrido ya siete largos meses desde que Dick inició su onerosa búsqueda de la consorte ideal para el fonógrafo de Edison, sino que sus competidores de la empresa sureña Toys and Gadgets amenazan con lanzar al mercado un ingenioso artefacto que, en palabras del propio inventor, hará parecer a sus criaturas meros fósiles sonoros. No hay registro de la carta o telegrama con que Bernard Dick habría respondido al rapapolvo de su socio, pero es verosímil pensar que prefi rió mandarlo todo al diablo para volver enseguida a su natal Chicago, donde se sabe que murió tres años después, hidrópico y asediado por una legión de acreedores entre los que no faltaron los siempre temibles abogados del despacho de Menlo Park. El sucesor de Bernard Dick en la aventura de las muñecas parlantes supo paliar su juventud con un sentido de la previsión y un encanto personal que haría las delicias de Edison durante casi veinte años. Consciente de que el malhadado Dick había hecho sin embargo la elección correcta en Alemania, Charles Nervez se las ingenió para convencer a su jefe de que adquiriese otras mil muñecas y se ocupó de enviarlas en tres barcos distintos oportunamente asegurados. Él mismo regresó de Europa con el último cargamento en mitad de una borrasca que estuvo cerca de enviarle a compartir la suerte de las muñecas de Bernard Dick. El barco, con todo, amarró finalmente en Nueva York la nublada tarde del 6 de octubre de 1885. El propio Edison, que había viajado desde West Orange para recibirle, le esperaba ya en el muelle, cruzado el rostro por una sonrisa en la que aún se percibía su temor a un nuevo naufragio. 
Exhausto, lívido, inepto todavía para  creerse en tierra firme, Nervez apenas pudo delegar a un asistente el desembarco de las muñecas y se dejó llevar del brazo de su jefe con un ánimo que conjugaba la satisfacción del deber cumplido y cierta inexplicable tristeza. Entrevistado décadas más tarde por el editor del Times, Charles Nervez recordaría con un estremecimiento su vuelta delirante a la fábrica de Thomas Edison en Nueva Jersey: un suplicio, señor mío, dos interminables horas en automóvil donde tuve además que soportar la inusitada locuacidad del inventor explicándome cada fase del proceso, cada argucia fabril, cada una de las imprecaciones que pronunciarían esos imbéciles de Toys and Gadgets cuando supiesen que al fin habíamos conjurado la maldición de las muñecas parlantes. E invocaría también, como quien narra sin desearlo un mal sueño, su entrada en el recinto amurallado de West Orange: el enorme edificio de ladrillo rojo, los portones carcelarios al abrigo de la noche, aquel galerón inmenso donde máquinas dentadas y fonógrafos minúsculos aguardaban como larvas hambrientas la llegada de sus novias alemanas. Por espacio de un segundo, el joven empresario se sintió engullido por un escualo inmenso, una bestia durmiente cuya entraña suspiró de pronto con las notas de una canción de cuna. Incrédulo, Nervez buscó en la sombra el origen de esa música improbable. Caminó a tientas entre planchas de concreto y poleas, tropezó con un cajón repleto de muñecas desmembradas y juró por sus ancestros que no volvería a viajar en barco. Finalmente dio con una puerta que al abrirse le mostró una ristra de cabinas de madera donde una veintena de mujeres entonaban sin tregua la primera estrofa de Jack and Jill ante boquillas doradas que enseguida le hicieron pensar en una serpiente enhiesta e insaciable. Lo que Nervez no dice en la entrevista es que fue ahí y entonces cuando vio por primera vez a la desdichada Claudette Rouault. 
No afirma ni recuerda que detuvo en ella la mirada y le sorprendió que una mujer tan joven pareciera no  obstante tan agraviada por los años, tan maternalmente triste. De inmediato comprendió que las otras mujeres no diferían mucho de aquella, pero fue sin duda Claudette, pálida y transida por su  infinita canción, quien se clavó en su delirio como una flecha envenenada. Quizá esa misma noche, tiritando de fiebre en un lujoso hotel de la calle Reviere, Nervez abrió incontables veces la misma puerta y soñó con los labios de la muchacha repitiendo su canción cien, doscientas, mil veces al día. Y acaso fue también entonces cuando intuyó que el proyecto de Thomas Edison estaba irremisiblemente condenado al fracaso. Al principio tuvo que ser sólo eso: un presagio, una vaga asociación de ideas en las que él mismo no alcanzaba a comprender sus dudas sobre el asunto de las muñecas ni el vínculo que estas pudieran tener con su visión de la muchacha. Acaso esa noche, en la alta mar del sudor y la fatiga, el recuerdo de Claudette fue para él uno de esos signos soterrados del desastre que sólo salen a flote cuando es demasiado tarde. Sin duda el tiempo terminaría por dar consistencia a sus temores, pero lo hizo de manera tan enigmática, que Nervez tardó aún muchos años en reconocer que su delirio de esa noche había encerrado la consistencia atroz de una profecía. No quisieron la suerte o la ansiedad de Nervez que la fiebre le durase demasiado, escasas dos noches si se cuenta la de su llegada a West Orange. El tercer día estaba ya de vuelta en la fábrica, no curado, no entero todavía, pero ya dispuesto a comprender los pormenores de la empresa que su socio le había recitado en el trayecto a Nueva Jersey. Esa mañana, Edison le recibió de mal talante, casi ofendido por su convalecencia. Sin apenas saludarle, le exigió un informe detallado de sus gastos en Europa y poco faltó para que estallase cuando su joven socio ensayó al aire un inocente comentario sobre las muchachas que darían voz a las muñecas. 
Horas más tarde, un oficinista incontinente le confesó que también Bernard Dick había expresado en su momento   ciertas dudas sobre las condiciones en que trabajaban aquellas muchachas, no por filantropía, sino porque era a todas luces osado esperar dulzura en las voces de quienes pasaban hasta doce horas recitando una misma tonada a cambio de un salario de hambre. No desconocía Nervez la triste fama de su socio en lo que hacía al trato con sus empleados, pero aun así no dejó de extrañarle que se mostrase tan poco dispuesto a atender un consejo en el que se jugaba tanto su prestigio de empresario como buena parte del éxito comercial de su ya atribulada empresa. Demasiado pronto asumió Nervez que el tema de las muchachas era no sólo inabordable, sino francamente incomprensible. Aunque estaba claro que a Edison le inquietaba poco el bienestar de las muchachas, era también evidente que estas provocaban en él una mezcla de despecho y fascinación rayana en la monomanía. Al esfuerzo del viejo por aparentar indiferencia en la proximidad de sus empleadas, Nervez fue añadiendo con el tiempo signos contradictorios que acabaron por parecerle inquietantes: un guiño involuntario, un bufido inopinado, la respiración acelerada de Edison cuando perdía un tiempo precioso reprendiendo a las muchachas menos como un patrón inconsecuente que como un padre exasperado que no acaba de entender por qué le ha dado Dios un hijo idiota. Alguna tarde Nervez tuvo que aguardar casi dos horas para arrancarle a su jefe la firma del contrato con sus distribuidores del Pacífico. Eran casi las once cuando un Edison sonrojado y esquivo le recibió en su laboratorio y rubricó el documento sin siquiera revisarlo. Cuando Nervez dejó la fábrica, le picaba aún en la memoria la congoja de haber percibido en aquel reino de espirales y probetas un indiscreto relente de jazmines mezclado con sudor y jabón barato. La fabricación vertiginosa de la primera serie de muñecas se prolongó hasta mediados de invierno. 
Presa del frenesí que le invadía cuando estaba a punto de lanzar un nuevo   invento, Edison iba de un lado a otro impartiendo órdenes, corrigiendo la posición del fonógrafo minúsculo en la espalda abierta de tal o cual muñeca, asegurándose de que cada ejemplar fuese cuidadosamente vestido, numerado y colocado en una caja colorida que tenía sin embargo un aire de ataúd navideño. También Nervez se dejó cegar por aquella actividad demencial, y es probable que hubiese olvidado para siempre sus más negros vaticinios de no ser porque, justo en esos días, Claudette Rouault decidió ahogarse en las aguas de un río embravecido. No es que la noticia le tomara por sorpresa, pero le dolió como si lo hubiera hecho. Cuando leyó en el diario la esquela que habían pagado a la muchacha sus antiguas compañeras de trabajo, se reprendió por no haber sabido detenerla y casi pudo ver la mancha de su ausencia en las cajas que en ese instante abandonaban la fábrica para iniciar su triunfal gira por las tiendas de Boston y Nueva York. Pensó en ella, recordó su cabeza reclinada ante la boquilla del fonógrafo, su cansancio tremebundo, el hueco que solía dejar para pasar largas horas en el laboratorio de Edison o el que dejó definitivamente cuando la despidieron por haber robado una de las muñecas traídas de ultramar. Una ráfaga de viento helado entró entonces por las puertas del galerón y quemó los ojos a Nervez mientras este volvía a leer el nombre de la muchacha en el diario. Entonces el rostro añorado de Claudette se transformó en otros, y eran de repente las demás mujeres, sus colegas hasta hacía poco, quienes le hablaban desde aquellos días aciagos para pedirle que abogara por la pobre muchacha: dígaselo a Edison, señor Nervez, pregúntele cómo espera que esa niña pase el invierno, él sabe mejor que nadie que la muñeca que cogió le pertenece como si fuera su propia hija. Pero a Nervez le había faltado el valor para escuchar tales ruegos, esas voces que empezaron siendo dóciles y terminaron maldiciendo por lo bajo al Mago de Menlo Park. 
Ahora lo sabía, e intuía asimismo que el fantasma amoratado de  Claudette iba a cobrarle cara su negligencia. Sin decir palabra recortó la esquela, la guardó en su bolsillo y se encerró en su oficina anticipando el día de muchos años después en que un periodista del Times o un admirador cualquiera le extrajese sus memorias sobre Edison. Casi pudo ver sus manos de viejo sobre la mesa, su cuerpo ansiando una muerte apacible y su boca desdentada hablando sin convicción de una ahogada encinta en un río o del escándalo, oportunamente silenciado, de una segunda serie de muñecas parlantes que extrañamente terminaban su versión de Jack and Jill con cierta estrofa inesperada y macabra. Algo cantaban esas voces de rencor, algo sugerían aquellos versos sobre un mago, un embrujo y una princesa muerta. Mas no hay modo de saber exactamente qué decían: de esa segunda serie de muñecas parlantes se vendieron apenas treinta, y todas ellas fueron readquiridas por Edison para borrarse luego con sus hermanas de la faz de la tierra. 



Las furias de Menlo Park 
obtuvo en 2003 el Premio NH de Relatos




Saturday, August 20, 2016

Friday, August 19, 2016

Aurelio Rodríguez Ituarte: Dios Mediante. Elia Casillas




 Era el mejor, si, el mejor…  Al revisar listas de cada club de béisbol de la Liga Mexicana del Pacífico,  Algodoneros de Guasave gozaba de un excelente cuerpo de lanzadores. Directivos,  el propio manejador Aurelio Rodríguez y equipo técnico, repasaban hinchados de vanidad a sus atletas: Mercedes Esquer, Julio Purata, Ricardo Solís,  Raúl Rodríguez, cuatro ases zurdos  y un super as: Ángel Moreno. Cinco lanzadores siniestros de primera, pero... 

El tiempo, si, el tiempo no perdonó tanta arrogancia y  mientras envejecía la temporada (1998, 1999), lesión tras lesión, fue disminuyéndolos hasta quedar con sólo dos titulares  de cinco en la rotación. Además, para agravar la situación de por si vacilante, sufrieron de manera inexplicable el abandono de Raúl Rodríguez (el Patito). Y se complicaron  los cerebros: Aurelio y Cesar Díaz, el couch de picheo o jefe de lanzadores, acabaron remendando partidos con novatos. 

Los aficionados demandaban un equipo ganador, los Directivos habían invertido ilusiones  y dinero emparejando un conjunto beligerante.  Por ese lado,  los muchachos no decepcionaron a sus admiradores, ya que en el campo eran difíciles de vencer y jugando, les rendía bien el cuerpo y las ganas. Greg Martínez, Brad Saizer por mencionar algunos extranjeros, sin dejar fuera al gran receptor mexicano Noé Muñoz,  que entre malabares y lanzamientos, se ajustaba a los novatos, abandonando medio cuerpo en el terreno, entre sudor  y sudor para ganar un partido. 

Aurelio, sacudía los pensamientos  en busca de un consejo Divino que le ayudara a designar bien al siguiente hombre,  para frenar a los contrarios y no  permitir más carreras. Él, con labios duros, y reanimado en presentimientos con la mirada seguía al calentadero, vigilaba a los  principiantes que iban y venían.  Les daba confianza,  ya que dependía de ellos y seguramente, si no fuera por los titulares lastimados, quizá esa puerta no se hubiera abierto tan fácilmente. Oportunidad que debían aprovechar los novatos con todo y colmillos,  ya que la suerte se pinta sola y a ellos les sonreía con ganas por cualquier costado. 

Su debilidad estaba en el picheo primerito, porque hubo series tan zurcidas, que juego por juego,  utilizaron hasta seis y ocho tiradores en las primeras entradas. 
Unas noches con la victoria en la mano y otras con la derrota picando la almohada, Aurelio pedía un instante de descanso mental,  paz para el insomnio, mientras avanzaba la temporada. 

Tiempo, tiempo espinoso,  por el grado de competencia, por los estelares de grandes ligas con que se arman los clubes,  por el apetitoso gallardete: La Serie del Caribe, y porque este consorcio cuenta con sólo dos meses y medio de rol regular. De alguna manera, los liga mayoristas siempre han venido a darle un agudo interés al béisbol de la Costa del Pacífico, estableciendo este circuito como el más trascendental de México, ya que,  por una parte, comparecen todos los prospectos estadounidenses y a ultimas fechas, los extranjeros de la gran carpa (japoneses, coreanos, panameños, venezolanos, dominicanos, cubanos, etc.), y por la siguiente ala, aquí se concentran los  peloteros mexicanos más sobresalientes del mundo beisbolístico. 

Aunque al manejador, todos estos razonamientos no  le quitaban el apetito… Su verdadera pesadilla, abordaba después de cada juego, cuando debía anotar al lanzador de la siguiente jornada. Esa noche, si, esa noche en particular, los nombres de todos los lanzadores revoloteaban su mente “¡Quién! ¿A quién pondré mañana?” 

Era obligatorio dar a conocer al conjunto,  el tira piedra del próximo enfrentamiento. A lo lejos, un jugador no le quitaba el ojo, lo contemplaba con misericordia, vivía al tanto de que, si algo no funciona, el responsable siempre es el que maneja el equipo, porque siempre es más fácil despedir a uno que a veintidós y sobre Rodríguez  despeñaban los adeudos de cada faena y Raúl Páez lo entendía perfectamente. Por eso, compartiéndose con Aurelio, se atrevió a preguntar:

-¿Quién va a tirar mañana,  Aurelio? -indagó el  titular de la primera base-.
-Sólo Dios sabe… -respondió Aurelio, con voz pausada.
-Entonces –dijo el jugador resuelto- escriba: Lanzador probable para mañana… ¡Dios mediante!
Desde esa noche,  en la alineación del siguiente juego de los Algodoneros de Guasave, Aurelio siempre escribió: Lanzador probable para mañana… ¡Dios Mediante!
Al terminar la  campaña, Aurelio Rodríguez Ituarte, fue nombrado el Manejador del Año en la Liga Mexicana del Pacifico, puesto que, con todos los parches que hizo en los juegos para sacar al club adelante, logró clasificarlos finalmente a play offs.

 Estadio de Béisbol Emilio Almada Ibarra.
Los Mochis Sinaloa, Noviembre 29 de 1998

Navojoa Sonora, Diciembre 6 del 2004


Libro: Reyes y Ases del Béisbol. 
Autora: Elia Casillas