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Friday, March 24, 2017

Elia Casillas:



No sé  en dónde empieza mi realidad          ni en donde termina la calle           amanece en mis pies jueves                la última vez que los vi era sábado            Aún investigo  si el sueño presente no es el del lunes                    o si este momento                      no lo tuve antier          No sé si el oxígeno es mío         o si ya respiro tierra en el cañaveral de la Parca            Mañana         Hace dos días           Hoy       aprendí  que algunas personas viven su muerte               y la acompañan con café 
para no dormirse







 Navojoa, Sonora. Septiembre /2/2004




Elia Casillas







Thursday, March 23, 2017

JORGE IBARGÜENGOITIA: DOS CRÍMENES, CAPÍTULO V

Cuando salí de mi cuarto, a las cinco, vi a Gerardo y Fernando en el corredor, exactamente en la misma postura que habían tenido la tarde anterior cuando los vi en el patio: el primero con los brazos cruzados y las cejas fruncidas, el segundo pensativo, acariciándose los bigotes. Las malas noticias se las estaba dando esta vez el gringo, que hablaba quedo y con los brazos colgando. Amalia hacía comentarios ocasionales, moviendo las manos, como para darle vida al relato. Igual que la víspera, Fernando fue el primero en verme, pero el codazo esta vez se lo dio al gringo. Los cuatro se volvieron hacia mí y sonrieron, yo a mi vez les sonreí y pensé para mis adentros, "ya los cuatro saben que fui a una mina y que traje muestras de mineral". Nos saludamos, los hijos de Gerardo entraron en el patio jugando, esta vez no con una pelota de fútbol, sino con una pelotita, cambio que de nada sirvió, porque cuando mi tío Ramón salió de su recámara, empujado por Lucero y Zenaida, lo primero que dijo fue: —Gerardo, haz que estos niños desaparezcan. Como la tarde anterior, los hijos de Gerardo besaron la mano a mi tío y como la tarde anterior, también, Lucero tuvo que frotársela con un trapo mojado en alcohol. —Fernando quiere saber si te dio guerra el Safari —me dijo Gerardo y agregó, dirigiéndose a su hermano—, ¿verdad, Fernando? —Sí, en efecto, me gustaría saber si te dio guerra el coche —dijo Fernando—, pero sobre todo si ya me lo puedo llevar. Mi tío no me dio tiempo de contestar. —Marcos va a necesitar el coche mañana y pasado —dijo. —El coche es tuyo, haz lo que tú quieras —dijo Fernando—. Para mí tenerlo o no tenerlo es lo mismo, es nomás cosa de sacar el caballo y de montarlo, que es muy buen ejercicio. Mi tío pasó por alto lo que dijo Fernando y habló dirigiéndose a mí: —¿Trajiste lo que te pedí? Me guiñó el ojo, comprendí que se refería a las muestras y dije que sí. —Pues llévalo al despacho ahora mismo, porque me urge verlo. Era evidentemente otro ardid para poner nerviosos a sus sobrinos Tarragona. —Adiós, muchachos —les dijo, cuando Lucero lo empujaba al despacho. Cuando pasé entre ellos con el saco viejo de cemento con las piedras adentro, Amalia estaba recargada en el barandal mirando una nubecita, el gringo estaba encendiendo otra vez el puro, Gerardo y Fernando se habían sentado en los extremos del sofá de mimbre y habían cruzado la pierna. Mi tío estaba frente al escritorio, me hizo seña de que cerrara la puerta con llave y, cuando obedecí, de que pusiera las piedras sobre la carpeta de cuero que había sobre la mesa del escritorio. —Se va a maltratar la carpeta —le dije. —No importa. Puse las piedras sobre la carpeta, mi tío encendió la lámpara de trabajo, abrió uno de los cajoncitos del copete y se puso a hurgar en el interior. Entre los objetos desplazados vi la botellita azul violáceo con el gotero y la etiqueta que decía "Farmacia La Fe", un reloj viejo y unas fotos oscuras, cuyo asunto no alcancé a distinguir, pero sí que una de ellas tenía las esquinas dobladas y estaba dedicada "a Estela", con una caligrafía primitiva. Mi tío encontró lo que buscaba y cerró el cajoncito: era una lente de joyero que se puso sobre el ojo derecho, que era el único cuyo ceño podía fruncir para sostenerla. Cogió una piedra y se puso a estudiarla. Yo estaba junto al escritorio. Decidí fumar. Saqué un cigarro y estaba a punto de encenderlo cuando él me ordenó, sin levantar la mirada: —No fumes, porque me distraes. Volví a poner el cigarro —un Delicado— en el paquete. Al ver a mi tío inclinado sobre un pedazo de creolita, estudiándolo a través de la lente de joyero —objeto que yo nunca hubiera creído que él tuviera—, prohibiéndome fumar de manera despótica, comprendí que, a pesar de que él era lo que la Chamuca llamaría un miembro de la clase opresora, le tenía afecto. —¿Qué es lo que contiene burilio —preguntó—, lo rojo o lo blanco? —Ambos: lo rojo es sulfuro de burilio y lo blanco son carbonatos. Le expliqué a grandes rasgos cómo se habían formado esas rocas en la era terciaria. Me interrumpió. —¡Qué interesante! —soltó la piedra, se quitó la lente, la echó en el cajoncito y lo cerró, yo alcancé a ver otra vez la foto con la dedicatoria "a Estela", él se echó atrás en la silla y preguntó—. ¿Cuál será el siguiente paso? —Tienes que mandar ensayar las piedras para comprobar que son creolita y que tienen la ley de .08 que te prometí. —Ésa es mi tarea, ¿cuál es la tuya? —Por lo pronto, esperar. —¿A qué? —A que tú tengas los resultados y me des los nueve mil restantes. El estudio de costos y rendimientos requiere un levantamiento topográfico, planos y cálculos. Es decir, necesito dinero para alquilar los aparatos topográficos, un taller de dibujo y un coche para ir y venir de la mina. Mi tío me miró lleno de condescendencia y dijo: —Te equivocas. Ni los aparatos de topografía ni el taller de dibujo ni el coche tendrás que alquilar. Yo te daré una carta para el director de Obras Públicas del Estado, en Cuévano, que te prestará los aparatos que necesites sin que te cueste un centavo, el coche que uses para ir y venir de la mina será, como ya te imaginarás, el Safari; en cuanto al taller de dibujo, pídele a Lucero que te enseñe el cuarto de los baúles. Si ella puede dibujar allí, no veo por qué no puedas hacerlo tú. Por último, para que no te quede ningún pretexto para suspender tu trabajo, doy por sentado que estas piedras son creolita y que tienen la ley que tú prometiste, te pago los nueve mil pesos ahora y sigues adelante. Era lo que yo esperaba que me dijera, pero de todas maneras le pregunté: —¿Por qué haces eso? —En parte porque me da la gana y en parte porque estoy viejo y no tengo tiempo que perder. Abrió otro de los cajoncitos del escritorio y fue sacando uno por uno y contándolos en voz alta, nueve billetes de mil y poniéndolos sobre la cubierta, junto a donde yo tenía la mano. Los billetes que quedaron en el cajón eran cuando menos otro tanto de los que había sacado. —¿Por qué —le pregunté— si tienes caja fuerte, guardas el dinero en un cajón que no tiene llave? —Porque con todos tus primos tengo tratos de dinero y si abriera la caja fuerte delante de ellos, verían la botella de mezcal y me quedaría condenado a beber para siempre agua destilada. ¿Me entiendes? Después quiso que le hiciera un recibo, en el que decía, "de acuerdo con el contrato que tenemos firmado", etc. —Ven —me dijo Lucero y empezó a caminar. Fui tras de ella, que iba con la cabeza erguida, casi sin mover los brazos. Se había recogido el pelo en un chongo y dejado al descubierto la nuca, el escote de su vestido me dejaba ver el principio del vello muy tenue y dorado que tenía en la espalda. Hasta mí llegaba un perfume agradable que se había puesto. Dejamos el corredor y el zaguán y entramos en la parte de servicio, pasamos juntos a la cocina, que era enorme, con brasero de azulejos y el techo negro de mugre. Zenaida se había quedado dormida, sentada en un banquito, con la cabeza recargada en la pared, entre dos cazuelas. En el piso de la despensa había dos costales de frijol y una caja de melones, en el cuarto de Zenaida, una veladora encendida, pasamos junto a dos puertas cerradas y llegamos al extremo del patio, en donde había otra puerta de lámina galvanizada. Cuando Lucero se detuvo para abrirla, di un paso, metí los brazos por debajo de los suyos, puse las manos sobre su vientre y la apreté contra mí. Fue una sensación muy agradable. Ella no hizo nada por separarse y rió. La besé en la nuca y ella rió más todavía. Entonces ocurrió algo que yo no esperaba: con las manos, que yo había dejado libres, Lucero abrió la puerta y dejó salir al perro, que yo no vi hasta que me dio el mordisco. Era el perro negro que la acompañaba cuando iba al gallinero. Entre el dolor, la sorpresa y el susto, la solté y ella se separó de mí y siguió riendo. Le di un puntapié al perro y me soltó, pero no se quejó. Iba a volver a atacarme, pero Lucero dijo: —Quieto, Veneno.  El perro y yo nos miramos furiosos, él listo para morderme otra vez y yo para darle otro puntapié. Lucero dijo: —Por aquí. Caminamos los tres en paz, como si no hubiera pasado ni el apretón ni el beso ni el mordisco, ni el puntapié, cruzamos el patiecito empedrado y entramos en el cuarto de los baúles. Lucero encendió la luz. Era un cuarto alargado, encalado, con dos ventanas, por las que se veía, en la luz del atardecer, el gallinero de mi tío y las macetas con geranios que había en la azotea de la casa de don Pepe Lara. Los baúles estaban en un rincón y no estorbaban, junto a una de las ventanas había un caballete, un banco y una mesita. Quise ver el cuadro que estaba en el caballete y encontré un retrato del gringo que me pareció horrible. Fui a la mesita a admirar una naturaleza muerta, sin ningún chiste. —Esto está muy bien —comenté. Lucero tomó la naturaleza muerta y la puso boca abajo. Yo miré el cuarto, estudiando la posibilidad de convertirlo en taller de dibujo —cualquier cuarto, con sólo ponerle una mesa y una lámpara, se convierte en taller de dibujo—, y volví a decir: —Esto está muy bien. Me di cuenta de que mientras yo había estado mirando el cuarto, Lucero me había estado mirando a mí. —Me gustas —dijo. Yo iba a dar un paso hacia ella, pero el Veneno peló los dientes y eso me detuvo. Lucero esperó a que el Veneno y yo saliéramos del cuarto para apagar la luz. Mientras ella cerraba el candado le pregunté: —¿A qué horas pintas? No porque me interesara la respuesta, sino para darle naturalidad a la escena. —No tengo hora fija. ¿Te molestará si pinto cuando tú trabajas? —Al contrario, me gusta estar acompañado. Mientras Lucero echaba el candado en la siguiente puerta —el Veneno había quedado encerrado— estuve a punto de darle otro apretón, pero la voz de Amalia me interrumpió: —¿Qué pasó, te gustó el cuarto de los baúles, podrás trabajar allí? Su figura azul fuerte, en forma de un ocho esbelto avanzaba hacia nosotros llena de solicitud. Esa noche, después de cenar, siguiendo la costumbre implantada la noche anterior, mi tío y yo fuimos a su despacho. Dos cosas dignas de anotarse ocurrieron. Una, que fue Lucero y no Amalia quien llevó la charola con el coñac y el agua mineral. En vez de dejarla sobre la mesita que teníamos a nuestro alcance, como había hecho su madre la noche anterior, Lucero llevó la charola a la mesa del escritorio y ella misma sirvió la copa de coñac y el vaso de agua mineral y fue a ponérnoslos enfrente. Esto requirió que fuera de un lado a otro de la habitación y que se inclinara dos veces. Cuando ella salió, mi tío dijo: —Tengo la impresión de que esta muchacha anda poniéndote las nalgas por delante. Bebió tres copas de coñac, como la noche anterior y fumó como chimenea. La otra cosa interesante que dijo fue: —Yo pretendo que me entusiasma la mina, pero lo único que estoy esperando es la muerte. En ese momento lo vi, realmente, muy viejo y enfermo. ¿Por qué me dijo "me gustas"?, pensaba yo más tarde, en la cama. ¿Por qué, si es verdad que le gusto, abrió la puerta del patio para que me mordiera el perro? ¿Y por qué después me dijo "me gustas"? Otra pregunta: ¿por qué me besó esta mañana, tenía ganas de hacerlo o fue lo único que se le ocurrió cuando casi la descubrí esculcando mi camisa? Por otra parte, hay que admitir —pensaba yo en la cama— que si esta mañana Lucero estuvo en una situación tan forzada que no le quedó más remedio que besarme, esta tarde, en cambio, no había nada que la obligara a decirme que le gusto si no le gusto. De lo anterior se deduce que sí le gusto y que esta mañana, aunque haya tenido otros motivos, quería darme un beso. Aunque, claro, en contra de esta teoría está la circunstancia de que cuando le di el apretón en el patio, abrió la puerta y dejó salir al perro. Es una mujer llena de contradicciones. Yo estaba en el cuarto a oscuras, acostado bocarriba, en la cama de una de las cuatas, cubierto por una sábana, en la cual alcanzaba a ver, en la penumbra, la pirámide blanca formada por mi erección.  ¿Qué diría la Chamuca si me viera como estoy, por culpa de una mujer sin ideología? Para borrar la imagen reprobatoria de la Chamuca, evoqué el beso que me dio Lucero y el apretón que yo le di. El reloj de la parroquia dio la una y cuarto, oí las chinelas de marabú, la puerta del baño que se abría y se cerraba, la fluxión del excusado, la puerta del baño otra vez y las chinelas que se alejaban. No sé por qué estos ruidos me hicieron concebir un plan muy arriesgado: ¿cuánto tardará Amalia en volver a dormirse profundamente?, pensé. Demasiado tarde para entablar conversaciones que esclarecieran este punto, como por ejemplo, decirle: "yo padezco insomnio, ¿tú qué tal duermes?" Recordé otra vez a Lucero cuando me dio el beso y a Lucero cuando puso la copa en la mesita y el comentario que hizo mi tío. Al cuarto para las dos me levanté de la cama. No sé cómo me atreví, en una casa tan respetable como la de mi tío Ramón Tarragona, a salir al corredor encuerado. No sólo encuerado, sino con una erección. Afortunadamente no me vio ni el cenzontle, porque en la noche Zenaida cubría la jaula con una toalla vieja. Había luna. Llegué a la puerta del cuarto de Lucero e hice girar la perilla. Nunca oí perilla —y después la puerta— girar tan silenciosamente. El ruido de mi circulación, en mis sienes, en cambio, era estruendoso. Cerré la puerta con mucho cuidado. Tardé un rato en distinguir a Lucero, que dormía boca abajo, despatarrada, con los brazos abiertos y las manos a los lados de la almohada, la cara hacia el otro extremo del cuarto, ocupando casi toda la cama que era ancha. Cuando me golpeé contra una silla, cambió el ritmo de su respiración, cuando levanté las cobijas movió una pierna, cuando entré en la cama, despertó. —No te asustes —le dije, muy quedo—, soy yo: Marcos. Era el momento más peligroso. Si ella gritaba me metía en un lío, pero no gritó. No se movió. Le puse una mano en el hombro, ella no la rechazó y empecé a tocarla. Lucero, me di cuenta en esos momentos, dormía en playera de algodón y pantaleta. Sin cambiar de posición, sin volverse y mirarme, dejó que yo metiera las manos por debajo de la playera, que le acariciara los pechos, que la oprimiera contra mi cuerpo para hacerle sentir la erección. Tuve la certeza de que en un momento después Lucero iba a ser mía, y al mismo tiempo me di cuenta de que había olvidado los condones en el cajón del buró de las cuatas, pero yo estaba tan excitado y el cuerpo de ella parecía tan receptivo, que decidí seguir adelante. Metí las manos por debajo de la pantaleta y toqué el pelo del pubis, puse la otra mano en el elástico de la pantaleta y empujé para sacarla. Entonces, Lucero cambió de posición y juntó las piernas. No volvió a separarlas. Primero recorrí su cuerpo a besos, hasta llegar a los dedos del pie, después fingí haber perdido interés en ella y le di la espalda, por último, me hinqué en la cama, puse las manos en sus rodillas y traté de separarlas a fuerzas. Los dos hicimos lo que pudimos y ella ganó. Cuando terminó la lucha, las cobijas estaban en montón en el piso, yo, jadeante y Lucero en posición fetal, con los ojos cerrados, la pantaleta y la playera puestas. Bajé de la cama, volví a chocar con la silla, abrí la puerta y entonces la oí hablar por primera vez: —Buenas noches —dijo. Estuve a punto de dar un portazo, pero cerré con cuidado. Fui al baño e hice pipí. Comprendí que regresar a mi cuarto en aquellas condiciones me resultaba intolerable. Entonces se me ocurrió otro plan todavía más arriesgado que el anterior. En realidad no fue plan, porque antes de concebirlo ya lo estaba ejecutando. Fue más bien un impulso irresistible. Cuando menos pensé ya estaba yo dentro del cuarto de Amalia. ¡Qué diferente recibimiento! Cuando Amalia oyó que alguien andaba tropezándose con los muebles, encendió la luz. Tenía un camisón escotado que dejaba ver el nacimiento de sus tetas enormes y dormía con un trapo amarrado en la cabeza para que no se le descompusiera el peinado, las chinelas —eran realmente chinelas de marabú— estaban junto a la cama. Habló mucho, pero en voz baja. Si mal no recuerdo, dijo: —¿Qué pasa?. . . ¿Marcos, qué tienes?. . . ¿qué quieres?. . . ¡Ay, Virgen Santísima!. . . ¡Mira nomás cómo te has puesto!. . . ¡Estás loco. . . ¡Piensa en mi reputación!. . . ¡Ay, qué maravilla!. . Después, afortunadamente, se calló. Regresé a mi cuarto todavía oscuro, antes de que se levantara Zenaida y destapara el cenzontle, me metí en la cama y dormí profundamente hasta que me despertaron las campanas de la misa de ocho. Cuando abrí los ojos sentí una tremenda opresión. ¡Qué estupidez tan grande he cometido!, pensé. Mi infidelidad a la Chamuca era de segunda importancia, porque ella ignoraba lo ocurrido y si alguien se lo dijera se negaría a creerlo. Mucho más seria era la posibilidad de que mi tío o Lucero se hubieran dado cuenta de lo que había ocurrido en el cuarto de junto. Con un escalofrío imaginé la escena que podría ocurrir dentro de un rato en el comedor: yo entrando, mi tío adusto, porque yo había mancillado su casa, Amalia, con el gotero en la mano, preparando la medicina, roja de vergüenza, Lucero llorosa. ¿Qué me quedaba? Irme de la casa. Cuarenta mil pesos me costaba el chiste. Pero había que considerar también la otra posibilidad: de que ni mi tío ni Lucero se hubieran dado cuenta de nada. La casa de mi tío es vieja y los muros son gruesísimos: adobe, dos capas de cal y canto, aplanados de mezcla y por último el papel tapiz. Casi un metro de espesor. No recordaba haber oído desde el cuarto de las cuatas más ruido que el de los tacones de Amalia caminando por el corredor. Repasé los sucesos de la noche anterior tratando de analizarlos con un criterio acústico. La cama crujía, los dos habíamos hecho el amor furiosamente: yo había resoplado, Amalia había hecho exclamaciones, y al final, aquel lamento prolongado, tan extraño, parecido al mugido de una vaca. No aclaré ninguna duda, pero llegué a la conclusión de que había pasado una noche muy satisfactoria. Lo peor que puede ocurrir, pensé, es que me tenga que ir de aquí; ni modo: tomo los casi diez mil pesos que mi tío me ha dado, voy a Jerez, paso por la Chamuca, nos vamos juntos a la Playa de la Media Luna, hotel Aurora, y allí nos quedamos hasta que se acabe el dinero. Después ya veremos. Al salir de mi cuarto encontré a Lucero, que salía del suyo. Me miró de una manera que borró mis preocupaciones: era evidente que no tenía ni rencor por lo que había pasado en su cuarto, ni idea de lo que había pasado en el de Amalia. —¿Cómo pasaste la noche? —preguntó sonriendo. Y sin esperar mi respuesta se alejó caminando de una manera que me recordó lo que había dicho mi tío la noche anterior: "anda poniéndote las nalgas por delante" Cuando entré en el comedor, mi tío, que había terminado de desayunar y estaba picándose los dientes, dejó de hacerlo y sin decir palabra señaló un sobre cerrado que estaba junto a mi lugar, en la mesa. Tuve un sobresalto. Pensé, ¿se habrá dado cuenta de lo que pasó anoche y me escribió una carta pidiéndome que me vaya y no vuelva a poner un pie en su casa? Estuve a punto de abrir el sobre, pero mi tío dijo: —No es para ti, no seas pendejo, es para el director de Obras Públicas, en Cuévano, le digo que eres mi sobrino y que le agradeceré que te preste los aparatos de topografía que necesites. —Gracias, tío —dije, aliviado, dejando la carta sobre la mesa—. Hoy mismo iré a recogerlos. En ese momento entró Amalia. ¡Qué distintas se ven las mujeres cuando ha hecho uno el amor con ellas! No me pareció tan ridícula. Se había pintado de azul los párpados y se había puesto rimel en las pestañas. Llevaba un vestido blanco ligero. Me hizo la misma pregunta que su hija: —¿Cómo pasaste la noche? —cuando le dije que muy bien rió con una risa ronca—. ¿Qué quieres desayunar? Ella misma, me dijo después, hizo los huevos a la mexicana, refrió los frijoles, calentó las tortillas y llevó el desayuno a la mesa. —Nunca la había visto tan activa —comentó mi tío en un momento en que Amalia salió a buscar el pan dulce. Amalia regresó, se sentó a la mesa a verme comer y habló de unos pajaritos que hay en el campo — "son chiquirrinitos y tienen la cabecita y las alas casi negras y el pechito café". —Se llaman golondrinas —dijo mi tío, que había escuchado la descripción con incredulidad. En efecto, eran golondrinas lo que Amalia quería describir: anidaban entre las vigas de los portales y al volar movían las alas a ratos y a ratos se dejaban llevar por su impulso. Amalia quedó admirada de haber pasado tantos años sin saber cuáles eran las golondrinas, habiéndolas visto tantas veces. Su reacción, y la carcajada que echó —alcancé a verle el paladar— me simpatizaron. Noté que mi tío la observaba en silencio. Puse frijoles refritos y huevo en una tortilla y al morderla, pensé: "Amalia es muy bruta pero muy humana" y, un momento después, "de esta casa no me saca nadie hasta que mi tío me entregue los cuarenta mil pesos que faltan". Mi tío me pidió que ya que iba a Cuévano, llevara a don Pepe Lara, que tenía que ir a esa ciudad para arreglar varios asuntos, entre otros, llevar las muestras de creolita al laboratorio de ensaye. Cuando pasé con el Safari por la casa de don Pepe, lo encontré en la puerta, listo para salir. Para ir a la capital del Estado se había puesto un traje gris oscuro y un sombrero más nuevo que el que se ponía a diario. Las muestras de creolita las había puesto en un costalito de cáñamo, más elegante y más limpio que el saco viejo de cemento en que habían estado guardadas el día anterior. Doña Jacinta salió a despedirlo como si se fuera a un largo viaje y no a una ciudad que está a cuarenta kilómetros. — ¡Que Dios los bendiga! —dijo doña Jacinta cuando el coche arrancó. Esperé a llegar a una recta en la carretera para hacer a don Pepe la pregunta que había preparado: —¿Quién es o quién era Estela? Volvió la cabeza para mirarme. Nunca se pareció tanto a una lechuza. Era evidente que no le gustó la pregunta y que no hallaba cómo darme la respuesta. —¿En dónde viste ese nombre? —preguntó. Le dije que la tarde anterior mi tío había abierto uno de los cajoncitos de su escritorio y que yo había alcanzado a ver una foto que estaba dedicada "a Estela". Como ante algo irremediable, don Pepe dijo: —Estela era tu tía Leonor. —¿Cómo, mi tía Leonor? —Así le decían en el lugar donde trabajaba. —¿En dónde trabajaba mi tía? —Yo creía que tú sabías. No sabía, pero siempre me había parecido raro que mi tía Leonor, una mujer humilde, de rancho, se hubiera casado con mi tío Ramón, que desde joven fue un hacendado con dinero. Mi madre había sido siempre imprecisa al tratar este punto. "Tu tía Leonor", decía mi madre, "fue a trabajar en Cuévano y allí conoció a don Ramón". Aunque nadie me había dicho en qué había consistido el trabajo de mi tía Leonor, yo la imaginaba dependienta en una mercería. —¿Mi tía trabajaba en un burdel? —pregunté. Don Pepe alzó los hombros lo más que pudo, como para taparse los oídos y no oír la frase. —No lo llames así. Era más bien como una casa de huéspedes. —En donde vivían señoritas. . . —Exactamente. —E iban señores a visitarlas. —Mira, Marcos, tu tía Leonor es una de las mujeres que yo más he apreciado y respetado en mi vida. —Yo también tengo un recuerdo magnífico de ella y por eso le pido a usted que me diga dónde trabajaba. Don Pepe se acurrucó en el asiento como si tuviera frío, y me dijo, mirando con persistencia al frente: —Tu tía llegó a trabajar en una casa que estaba en el callejón de las Malaquitas, que era propiedad de una señora Aurelia. Allí la conoció Ramón y se enamoró de ella y se casaron y vivieron felices hasta que ella, desgraciadamente, murió, lo cual ha sido la mayor catástrofe que le ha pasado a Ramón. La foto que tú viste en el escritorio de Ramón dedicada "a Estela", ha de ser una de las que le dieron sus compañeras el día en que ella se separó del trabajo, para ir a vivir en Muérdago, en la casa que Ramón compró para ella, en el barrio de San José. La revelación que hizo don Pepe, más que escandalizarme, hizo más interesante, y mucho más clara, la figura de mi tía Leonor. Aunque, claro, esto no impidió que a partir de ese día, cuando algo sale mal y me da la melancolía, diga para mis adentros: —Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única parienta que llegó a ser rica empezó siendo puta: estoy jodido.





Wednesday, March 22, 2017

Jorge Luis Borges: Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto ...


 son comparables a la araña, 
que edifica una casa. Alcorán, XXIX,  

—Ésta —dijo Dunraven, con un vasto ademán que no rehusaba las nubladas estrellas y que abarcaba el negro páramo, el mar y un edificio majestuoso y decrépito que parecía una caballeriza venida a menos— es la tierra de mis mayores. Unwin, su compañero, se sacó la pipa de la boca y emitió sonidos modestos y aprobatorios. Era la primera tarde del verano de 1914; hartos de un mundo sin la dignidad del peligro, los amigos apreciaban la soledad de ese confín de Cornwall. Dunraven fomentaba una barba oscura y se sabía autor de una considerable epopeya que sus contemporáneos casi no podrían escandir y cuyo tema no le había sido aún revelado; Unwin había publicado un estudio sobre el teorema que Fermat no escribió al margen de una página de Diofanto. Ambos —¿será preciso que lo diga?— eran jóvenes, distraídos y apasionados. —Hará un cuarto de siglo —dijo Dunraven— que Abenjacán el Bojarí, caudillo o rey de no sé qué tribu nilótica, murió en la cámara central de esa casa a manos de su primo Zaid. Al cabo de los años, las circunstancias de su muerte siguen oscuras. Unwin preguntó por qué, dócilmente. —Por diversas razones —fue la respuesta—. En primer lugar, esa casa es un laberinto. En segundo lugar, la vigilaban un esclavo y un león. En tercer lugar, se desvaneció un tesoro secreto. En cuarto lugar, el asesino estaba muerto cuando el asesinato ocurrió. En quinto lugar... Unwin, cansado, lo detuvo. —No multipliques los misterios —le dijo—. Éstos deben ser simples. Recuerda la carta robada de Poe, recuerda el cuarto cerrado de Zangwill. —O complejos —replicó Dunraven—. Recuerda el universo. Repechando colinas arenosas, habían llegado al laberinto. Éste, de cerca, les pareció una derecha y casi interminable pared, de ladrillos sin revocar, apenas más alta que un hombre. Dunraven dijo que tenía la forma de un círculo, pero tan dilatada era su área que no se percibía la curvatura. Unwin recordó a Nicolás de Cusa, para quien toda línea recta es el arco de un círculo infinito... Hacia la medianoche descubrieron una ruinosa puerta, que daba a un ciego y arriesgado zaguán. Dunraven dijo que en el interior de la casa había muchas encrucijadas, pero que, doblando siempre a la izquierda, llegarían en poco más de una hora al centro de la red. Unwin asintió. Los pasos cautelosos resonaron en el suelo de piedra; el corredor se bifurcó en otros más angostos. La casa parecía querer ahogarlos, el techo era muy bajo. Debieron avanzar uno tras otro por la complicada tiniebla. Unwin iba adelante. Entorpecido de asperezas y de ángulos, fluía sin fin contra su mano el invisible muro. Unwin, lento en la sombra, oyó de boca de su amigo la historia de la muerte de Abenjacán. —Acaso el más antiguo de mis recuerdos —contó Dunraven— es el de Abenjacán el Bojarí en el puerto de Pentreath. Lo seguía un hombre negro con un león; sin duda el primer negro y el primer león que miraron mis ojos, fuera de los grabados de la Escritura. Entonces yo era niño, pero la fiera del color del sol y el hombre del color de la noche me impresionaron menos que Abenjacán. Me pareció muy alto; era un hombre de piel cetrina, de entrecerrados ojos negros, de insolente nariz, de carnosos labios, de barba azafranada, de pecho fuerte, de andar seguro y silencioso. En casa dije: "Ha venido un rey en un buque". Después, cuando trabajaron los albañiles, amplié ese título y le puse el Rey de Babel. »La noticia de que el forastero se fijaría en Pentreath fue recibida con agrado; la extensión y la forma de su casa, con estupor y aun con escándalo. Pareció intolerable que una casa constara de una sola habitación y de leguas y leguas de corredores. "Entre los moros se usarán tales casas, pero no entre cristianos", decía la gente. Nuestro rector, el señor Allaby, hombre de curiosa lectura, exhumó la historia de un rey a quien la Divinidad castigó por haber erigido un laberinto y la divulgó desde el púlpito. El lunes, Abenjacán visitó la rectoría; las circunstancias de la breve entrevista no se conocieron entonces, pero ningún sermón ulterior aludió a la soberbia, y el moro pudo contratar albañiles. Años después, cuando pereció Abenjacán, Allaby declaró a las autoridades la substancia del diálogo. »Abenjacán le dijo, de pie, estas o parecidas palabras: "Ya nadie puede censurar lo que yo hago. Las culpas que me infaman son tales que aunque yo repitiera durante siglos el último Nombre de Dios, ello no bastaría a mitigar uno solo de mis tormentos; las culpas que me infaman son tales que aunque yo lo matara con estas manos, ello no agravaría los tormentos que me destina la infinita Justicia. En tierra alguna es desconocido mi nombre; soy Abenjacán el Bojarí y he regido las tribus del desierto con un cetro de hierro. Durante muchos años las despojé, con asistencia de mi primo Zaid, pero Dios oyó mi clamor y sufrió que se rebelaran. Mis gentes fueron rotas y acuchilladas; yo alcancé a huir con el tesoro recaudado en mis años de expoliación. Zaid me guió al sepulcro de un santo, al pie de una montaña de piedra. Le ordené a mi esclavo que vigilara la cara del desierto; Zaid y yo dormimos, rendidos. Esa noche creí que me aprisionaba una red de serpientes. Desperté con horror; a mi lado, en el alba, dormía Zaid; el roce de una telaraña en mi carne me había hecho soñar aquel sueño. Me dolió que Zaid, que era cobarde, durmiera con tanto reposo. Consideré que el tesoro no era infinito y que él podía reclamar una parte. En mi cinto estaba la daga con empuñadura de plata; la desnudé y le atravesé la garganta. En su agonía balbuceó unas palabras que no pude entender. Lo miré; estaba muerto, pero yo temí que se levantara y le ordené al esclavo que le deshiciera la cara con una roca. Después erramos bajo el cielo y un día divisamos un mar. Lo surcaban buques muy altos; pensé que un muerto no podría andar por el agua y decidí buscar otras tierras. La primera noche que navegamos soñé que yo mataba a Zaid. Todo se repitió, pero yo entendí sus palabras. Decía: Como ahora me borras te borraré, dondequiera que estés. He jurado frustrar esa amenaza; me ocultaré en el centro de un laberinto para que su fantasma se pierda." »Dicho lo cual, se fue. Allaby trató de pensar que el moro estaba loco y que el absurdo laberinto era un símbolo y un claro testimonio de su locura. Luego reflexionó que esa explicación condecía con el extravagante edificio y con el extravagante relato, no con la enérgica impresión que dejaba el hombre Abenjacán. Quizá tales historias fueran comunes en los arenales egipcios, quizá tales rarezas correspondieran (como los dragones de Plinio) menos a una persona que a una cultura... Allaby, en Londres, revisó números atrasados del Times; comprobó la verdad de la rebelión y de una subsiguiente derrota del Bojarí y de su visir, que tenía fama de cobarde. »Aquél, apenas concluyeron los albañiles, se instaló en el centro del laberinto. No lo vieron más en el pueblo; a veces Allaby temió que Zaid ya lo hubiera alcanzado y aniquilado. En las noches el viento nos traía el rugido del león, y las ovejas del redil se apretaban con un antiguo miedo. »Solían anclar en la pequeña bahía, rumbo a Cardiff o a Bristol, naves de puertos orientales. El esclavo descendía del laberinto (que entonces, lo recuerdo, no era rosado, sino de color carmesí) y cambiaba palabras africanas con las tripulaciones y parecía buscar entre los hombres el fantasma del visir. Era fama que tales embarcaciones traían contrabando, y si de alcoholes o marfiles prohibidos, ¿por qué no, también, de sombras de muertos? »A los tres años de erigida la casa, ancló al pie de los cerros el Rose of Sharon. No fui de los que vieron ese velero y tal vez en la imagen que tengo de él, influyen olvidadas litografías de Aboukir o de Trafalgar, pero entiendo que era de esos barcos muy trabajados que no parecen obra de naviero, sino de carpintero y menos de carpintero que de ebanista. Era (si no en la realidad, en mis sueños) bruñido, oscuro, silencioso y veloz, y lo tripulaban árabes y malayos. »Ancló en el alba de uno de los días de octubre. Hacia el atardecer, Abenjacán irrumpió en casa de Allaby. Lo dominaba la pasión del terror; apenas pudo articular que Zaid ya había entrado en el laberinto y que su esclavo y su león habían perecido. Seriamente preguntó si las autoridades podrían ampararlo. Antes que Allaby respondiera, se fue, como si lo arrebatara el mismo terror que lo había traído a esa casa, por segunda y última vez. Allaby, solo en su biblioteca, pensó con estupor que ese temeroso había oprimido en el Sudán a tribus de hierro y sabía qué cosa es una batalla y qué cosa es matar. Advirtió, al otro día, que ya había zarpado el velero (rumbo a Suakin en el Mar Rojo, se averiguó después). Reflexionó que su deber era comprobar la muerte del esclavo y se dirigió al laberinto. El jadeante relato del Bojarí le pareció fantástico, pero en un recodo de las galerías dio con el león, y el león estaba muerto, y en otro, con el esclavo, que estaba muerto, y en la cámara central con el Bojarí, a quien le habían destrozado la cara. A los pies del hombre había un arca taraceada de nácar; alguien había forzado la cerradura y no quedaba ni una sola moneda. Los períodos finales, agravados de pausas oratorias, querían ser elocuentes; Unwin adivinó que Dunraven los había emitido muchas veces, con idéntico aplomo y con idéntica ineficacia. Preguntó, para simular interés: —¿Cómo murieron el león y el esclavo? La incorregible voz contestó con sombría satisfacción: —También les había destrozado la cara. Al ruido de los pasos se agregó el ruido de la lluvia. Unwin pensó que tendrían que dormir en el laberinto, en la cámara central del relato, y que en el recuerdo esa larga incomodidad sería una aventura. Guardó silencio: Dunraven no pudo contenerse y le preguntó, como quien no perdona una deuda: —¿No es inexplicable esta historia? Unwin le respondió, como si pensara en voz alta: —No sé si es explicable o inexplicable. Sé que es mentira. Dunraven prorrumpió en malas palabras e invocó el testimonio del hijo mayor del rector (Allaby, parece, había muerto) y de todos los vecinos de Pentreath. No menos atónito que Dunraven, Unwin se disculpó. El tiempo, en la oscuridad, parecía más largo; los dos temieron haber extraviado el camino y estaban muy cansados cuando una tenue claridad superior les mostró los peldaños iniciales de una angosta escalera. Subieron y llegaron a una ruinosa habitación redonda. Dos signos perduraban del tenor del malhadado rey: una estrecha ventana que dominaba los páramos y el mar y en el suelo una trampa que se abría sobre la curva de la escalera. La habitación, aunque espaciosa, tenía mucho de celda carcelaria. Menos instados por la lluvia que por el afán de vivir para la rememoración y la anécdota, los amigos hicieron noche en el laberinto. El matemático durmió con tranquilidad; no así el poeta, acosado por versos que su razón juzgaba detestables: Faceless the sultry and overpowering lion, Faceless the stricken slave, faceless the king. Unwin creía que no le había interesado la historia de la muerte del Bojarí, pero se despertó con la convicción de haberla descifrado. Todo aquel día estuvo preocupado y huraño, ajustando y reajustando las piezas, y tres o cuatro noches después, citó a Dunraven en una cervecería de Londres y le dijo estas o parecidas palabras: —En Cornwall dije que era mentira la historia que te oí. Los hechos eran ciertos, o podían serlo, pero contados como tú los contaste, eran, de un modo manifiesto, mentiras. Empezaré por la mayor mentira de todas, por el laberinto increíble. Un fugitivo no se oculta en un laberinto. No erige un laberinto sobre un alto lugar de la costa, un laberinto carmesí que avistan desde lejos los marineros. No precisa erigir un laberinto, cuando el universo ya lo es. Para quien verdaderamente quiere ocultarse, Londres es mejor laberinto que un mirador al que conducen todos los corredores de un edificio. La sabia reflexión que ahora te someto me fue deparada antenoche, mientras oíamos llover sobre el laberinto y esperábamos que el sueño nos visitara; amonestado y mejorado por ella, opté por olvidar tus absurdidades y pensar en algo sensato. —En la teoría de los conjuntos, digamos, o en una cuarta dimensión del espacio — observó Dunraven. —No —dijo Unwin con seriedad—. Pensé en el laberinto de Creta. El laberinto cuyo centro era un hombre con cabeza de toro. Dunraven, versado en obras policiales, pensó que la solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución, del juego de manos. Dijo, para aplazar lo inevitable: —Cabeza de toro tiene en medallas y esculturas el minotauro. Dante lo imaginó con cuerpo de toro y cabeza de hombre. —También esa versión me conviene —Unwin asintió—. Lo que importa es la correspondencia de la casa monstruosa con el habitante monstruoso. El minotauro justifica con creces la existencia del laberinto. Nadie dirá lo mismo de una amenaza percibida en un sueño. Evocada la imagen del minotauro (evocación fatal en un caso en que hay un laberinto), el problema, virtualmente, estaba resuelto. Sin embargo, confieso que no entendí que esa antigua imagen era la clave y así fue necesario que tu relato me suministrara un símbolo más preciso: la telaraña. —¿La telaraña? —repitió, perplejo, Dunraven. —Sí. Nada me asombraría que la telaraña (la forma universal de la telaraña, entendamos bien, la telaraña de Platón) hubiera sugerido al asesino (porque hay un asesino) su crimen. Recordarás que el Bojarí, en una tumba, soñó con una red de serpientes y que al despertar descubrió que una telaraña le había sugerido aquel sueño. Volvamos a esa noche en que el Bojarí soñó con una red. El rey vencido y el visir y el esclavo huyen por el desierto con un tesoro. Se refugian en una tumba. Duerme el visir, de quien sabemos que es un cobarde; no duerme el rey, de quien sabemos que es un valiente. El rey, para no compartir el tesoro con el visir, lo mata de una cuchillada; su sombra lo amenaza en un sueño, noches después. Todo esto es increíble; yo entiendo que los hechos ocurrieron de otra manera. Esa noche durmió el rey, el valiente, y veló Zaid, el cobarde. Dormir es distraerse del universo, y la distracción es difícil para quien sabe que lo persiguen con espadas desnudas. Zaid, ávido, se inclinó sobre el sueño de su rey. Pensó en matarlo (quizá jugó con el puñal), pero no se atrevió. Llamó al esclavo, ocultaron parte del tesoro en la tumba, huyeron a Suakin y a Inglaterra. No para ocultarse del Bojarí, sino para atraerlo y matarlo construyó a la vista del mar el alto laberinto de muros rojos. Sabía que las naves llevarían a los puertos de Nubia la fama del hombre bermejo, del esclavo y del león, y que, tarde o temprano, el Bojarí lo vendría a buscar en su laberinto. En el último corredor de la red esperaba la trampa. El Bojarí lo despreciaba infinitamente; no se rebajaría a tomar la menor precaución. El día codiciado llegó; Abenjacán desembarcó en Inglaterra, caminó hasta la puerta del laberinto, barajó los ciegos corredores y ya había pisado, tal vez, los primeros peldaños cuando su visir lo mató, no sé si de un balazo, desde la trampa. El esclavo mataría al león y otro balazo mataría al esclavo. Luego Zaid deshizo las tres caras con una piedra. Tuvo que obrar así; un solo muerto con la cara deshecha hubiera sugerido un problema de identidad, pero la fiera, el negro y el rey formaban una serie y, dados los dos términos iniciales, todos postularían el último. No es raro que lo dominara el temor cuando habló con Allaby; acababa de ejecutar la horrible faena y se disponía a huir de Inglaterra para recuperar el tesoro. Un silencio pensativo, o incrédulo, siguió a las palabras de Unwin. Dunraven pidió otro jarro de cerveza antes de opinar. —Acepto —dijo— que mi Abenjacán sea Zaid. Tales metamorfosis, me dirás, son clásicos artificios del género, son verdaderas convenciones cuya observación exige el lector. Lo que me resisto a admitir es la conjetura de que una porción del tesoro quedara en el Sudán. Recuerda que Zaid huía del rey y de los enemigos del rey; más fácil es imaginarlo robándose todo el tesoro que demorándose a enterrar una parte. Quizá no se encontraron monedas porque no quedaban monedas; los albañiles habrían agotado un caudal que, a diferencia del oro rojo de los Nibelungos, no era infinito. Tendríamos así a Abenjacán atravesando el mar para reclamar un tesoro dilapidado. —Dilapidado, no —dijo Unwin—. Invertido en armar en tierra de infieles una gran trampa circular de ladrillo destinada a apresarlo y aniquilarlo. Zaid, si tu conjetura es correcta, procedió urgido por el odio y por el temor y no por la codicia. Robó el tesoro y luego comprendió que el tesoro no era lo esencial para él. Lo esencial era que Abenjacán pereciera. Simuló ser Abenjacán, mató a Abenjacán y finalmente fue Abenjacán. —Sí —confirmó Dunraven—. Fue un vagabundo que, antes de ser nadie en la muerte, recordaría haber sido un rey o haber fingido ser un rey, algún día.






JORGE IBARGÜENGOITIA: DOS CRÍMENES, CAPÍTULO IV


 Dormí mal. Hacía calor y me desnudé, quité las cobijas y conservé la sábana, abrí la ventana y entraron moscos; Amalia, a quien imaginé de bata chodrón y chinelas de marabú con tacón alto, me despertó las cuatro veces que fue al baño, el reloj de la parroquia tocó cada cuarto de hora, despierto me preguntaba qué suerte habría corrido la Chamuca, dormido la soñaba siendo atropellada por un camión de mudanzas, el cenzontle empezó a cantar a las cinco de la mañana, a las seis llamaron a la primera misa y a esa hora empezaron a pelearse los gorriones. Hoy, decidí, tengo que hablar con la Chamuca. A las siete me levanté, me puse los pantalones, cogí la toalla que Lucero había puesto sobre una silla y fui al baño. Los calzones de Amalia seguían en la llave de la regadera: los colgué del perchero y me bañé. Más tarde, cuando abrí la puerta de mi cuarto, vi a Lucero en el centro de la habitación. Me detuve en el umbral sorprendido. Ella tenía una bata de algodón, muy recatada, como de señorita inglesa antigua y me miraba turbada, tenía una mano en el respaldo de la silla donde yo había puesto mi camisa. De pronto, sonrió. —Cierra la puerta —me dijo. Cerré la puerta. —Vine a darte un beso —dijo. Fue a donde yo estaba —yo llevaba la toalla mojada en la mano— y tomándome en sus brazos me dio el beso técnicamente más perfecto que me han dado en mi vida. Solté la toalla y traté de quitarle la bata. Tenía un cuerpo muy agradable al tacto, pero se defendió con decisión y energía inesperadas, se separó de mí con un empujón y me dijo: —Así nomás. Salió del cuarto. Yo, sin entender bien todavía lo que había pasado, fui a pararme frente al tocador de las cuatas y me miré en el espejo: vi a un hombre con la boca abierta, el torso desnudo y unos pantalones deformados por el bulto de la erección. Poco después, al ponerme la camisa, me di cuenta de que los sesenta y un pesos y la copia del contrato que yo había dejado en la bolsa habían cambiado de posición. Al entrar en el comedor encontré a mi tío sopeando un bizcocho en la taza del chocolate. Me guiñó el ojo en respuesta cuando le dí los buenos días. Amalia estaba a su lado, de pie, contando las gotas de medicina que echaba en un vaso de agua. La bata que tenía puesta, que yo había supuesto chodrón, era amarilla y hacía más evidente el color moreno de su piel —y más ridículo el pelo rubio—. Puso el gotero en el frasco y me sonrió amablemente. —¿Cómo pasaste la noche? —Muy bien —contesté. —Apuesto a que no dormiste —dijo mi tío, mordió el bizcocho y agregó con la boca llena—. Nadie ha dormido bien en esta casa la primera noche. Bebió el último trago de chocolate, se limpió la boca con la servilleta, tomó el vaso con la medicina que Amalia había preparado y bebió hasta acabárselo, lo puso sobre la mesa y eructó. —Esta medicina —explicó— me sabía a rayos cuando empecé a tomarla, pero ahora ya me acostumbré y no me sabe a nada. —¿Qué es? —pregunté. —Agua zafia —dijo Amalia. Le ha hecho mucho provecho. ¿Qué quieres desayunar? —me preguntó. Le dije lo que quería y ella salió del comedor llevando en la mano una botellita de vidrio azul violáceo que tenía una etiqueta en la que alcancé a leer "Farmacia La Fe", que es la de don Pepe Lara. —El Safari está en la puerta, como quedamos —dijo mi tío, sacó una llave de la bolsa del chaleco, la puso sobre el mantel, y con un tafite vigoroso la hizo llegar, con bastante buen tino, al lugar donde yo estaba—. El tanque está lleno. Me alegré de saber que no tenía que gastar mis sesenta y un pesos en gasolina y guardé la llave. Mi tío dijo:  —Uno de los tractoristas de la hacienda trajo el Safari, lo dejó en la puerta, se comió un taco que le dio Zenaida, y regresó a pie a la Mancuerna. Yo sabía que eran dos horas de camino. —Le agradezco la molestia al tractorista y a Fernando —dije. —El Safari es mío y al tractorista lo pago yo —dijo mi tío. —Entonces te lo agradezco a ti. —No seas pendejo. ¿Necesitas alguna cosa? Pensé un momento antes de decir: —Una linterna sorda, un martillo y un cincel. —Pídeselos a Zenaida. Metió la mano en la otra bolsa del chaleco, sacó un billete que dobló en cuatro, lo puso sobre el mantel y de otro tafite lo hizo llegar a donde yo estaba. Era de mil pesos. —Es a cuenta de honorarios —me dijo—. Te los doy para que no pases trabajos. —¿Por qué había de pasarlos? —Lucero estuvo esculcando en tu ropa y dice que nomás tienes sesenta y un pesos. Pensando en lo difícil que es a veces conseguir cambio de mil pesos, decidí ir al Banco de la Lonja a cambiar el billete. El Banco es un edificio antiguo que está en la esquina de la Sonaja y la Plaza de Armas, a media cuadra de la casa de mi tío. Me formé en una cola de tres personas que había frente a uno de los pagadores y esperé mi turno. No había pasado un minuto cuando alguien, que tenía una mano como tenaza, me agarró del brazo. Era Alfonso. —¿Pero qué estás haciendo en la cola si tú en este banco eres influyente? Vente por acá. Cruzamos el mostrador por una puertita, pasamos a las oficinas generales y entramos en el despacho privado de Alfonso. De la pared colgaban dos retratos a colores, muy retocados, del mismo tamaño, uno era del Gobernador del Estado, el otro era del Presidente de la República. —Cuando el señor Presidente venga a esta humilde casa —me dijo, al ver que yo estaba mirando los retratos—, voy a poner un retrato más grande que tengo de él, mientras tanto, así los dejo, porque el señor Gobernador viene a cada rato. Hizo que yo me sentara en un sillón estrecho y él se sentó en otro más amplio, que estaba tras de un escritorio con patas de tigre. —¿Qué se te ofrece, Marcos? —Nomás quería cambiar un billete. Se lo dí. Él lo desdobló, lo estudió cuidadosamente, abrió un cajón, comparó el billete con una lista que sacó, se dio por satisfecho, guardó la lista y gritó: — ¡Elenita! Entró una mujer morena, con los labios pintados de rojo, el pelo rizado artificialmente y un vestido espectacular. —Elenita, éste es mi primo Marcos González, la señorita es Elenita Céspedes, mi secretaria particular. —Mucho gusto —nos dijimos Elenita y yo al mismo tiempo. —Mi primo quiere cambiar este billete de mil pesos, Elenita —le dio el billete y me preguntó—. ¿Cómo quieres el cambio, primo? —Ochocientos en billetes de cien y el resto en de diez —dije, mirando a Elenita. —Ochocientos en billetes de cien y el resto en de diez —dijo Alfonso a Elenita, como si ella no hubiera oído. —Muy bien, licenciado —dijo Elenita a Alfonso y salió. —A mí me gusta estar rodeado de cosas bellas —dijo Alfonso. Tardé un momento en entender que se refería a Elenita. El siguió: —Vi que el coche de Fernando está parado en la puerta de la casa de mi tío, lo cual me hace pensar que has desairado el ofrecimiento que te hice ayer de prestarte mi Galaxie. —Es que voy por un camino muy malo y mi tío y yo pensamos que iba a maltratar tu coche.   —No te estoy pidiendo explicaciones, nomás quiero advertirte dos cosas, una que el ofrecimiento sigue en pie y segunda, que se me hace que escogiste mal, porque no puedes comparar la lata de sardinas que tiene Fernando con un Galaxie, que casi se maneja solo. Elenita entró, entregó los billetes a Alfonso y volvió a salir. Alfonso me dio el dinero y me dijo: —El billete de mil pesos te lo dio mi tío, ¿verdad? —Sí. —Lo sé por el número de la serie —hizo una pausa, yo me moví incómodo en el asiento, él siguió—. No te sientas obligado a decirme por qué te lo dio, nomás te hago esta observación para que sepas que estoy al tanto de tus asuntos. Nos despedimos con cordialidad ficticia y yo salí del banco arrepentido de haber entrado, fui a donde estaba el Safari, subí en él, después de varios intentos lo eché a andar y estuve un rato dando vueltas por las calles de Muérdago hasta que encontré la salida a la carretera de Cuévano. La carretera desciende entre los mezquites en una curva pronunciada, se estrecha y convierte en puente para librar la cañada y remonta la loma siguiente. Ese paraje se llama, o se llamaba, "los García'', no sé por qué. En la cima de la segunda cuesta está el entronque. 

Y BALNEARIO EL CALDERÓN 
¡CUARTOS DE LUJO! 
¡COCINA INTERNACIONAL! 
¡AGUAS TERMALES! 
¡DISFRÚTELO! (10 KMS.) 

Decía el letrero, que era nuevo. La brecha era la de siempre, arranca del asfalto casi en ángulo recto y sube la cuesta dando brincos entre los garambullos. Ni los dueños del hotel ni los que vivían en el rancho le habían puesto mano en diez años y, pensándolo bien, ni en veinte. A veces el coche se estremecía al ser golpeado por las piedras que él mismo se echaba, a veces se hundía en hoyancos disfrazados por el polvo finísimo. Cuando yo había avanzado unos trescientos metros por la desviación, vi, reflejado en el espejo tembloroso, que un cochecito blanco se había detenido en el entronque. Seguí adelante a la misma velocidad. Al llegar a la cima detuve el coche para contemplar un momento, con la extrañeza que siento cada vez que regreso, el panorama que se extendía frente a mí: los cuatro cerros idénticos, como dos pares de tetas que se unen, dejando en el centro un valle en forma de cazuela que es lo que se llama el Calderón. Allí, al pie de uno de los cuatro cerros está el manantial famoso, que da origen a los baños y al plantío de la caña, únicas riquezas de la región. ¡Qué lugar tan raro para haber nacido! pensé, igual que cada vez que regreso. Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, estoy jodido. Puse la palanca en primera y el coche empezó a avanzar. Entonces vi, en el espejo, que el cochecito blanco había salido de la carretera, tomado la brecha, avanzado por ella, y se había detenido, igual que yo. Unos metros más adelante, la curvatura del cerro me impidió seguirlo viendo. "Pura huizachera y nopalera hay aquí", decía mi madre que decía mi padre, "puras piedras". Por eso un día fue dizque a comprar unos tubos para la bomba en Pedrones y no lo volvimos a ver. Nos abandonó a mi madre, una mujer que lo quiso con insensatez, y a mí, un niño de siete años. Llegué hasta la hondonada, un lugar en donde el caño se revienta y forma un lodazal que es eterno, igual que los nidos de moscos. Bordeé el lodazal con cuidado, pero sin preocuparme por dejar o no huellas, y en vez de seguir adelante, por el camino que lleva a las casas blancas del hotel y a las pardas del rancho, tomé la brecha que sale a la izquierda, que está, si se puede, más abandonada que la primera, da la vuelta a dos cerros y va a terminar en un vallecito que forman al juntarse por afuera los otros dos. Al llegar a este punto detuve el coche, apagué el motor y me apeé. Todo parecía igual. La casa "del español" estaba en ruinas, como antes, los cuatro eucaliptos seguían de pie, de la entrada del socavón emergían los rieles herrumbrosos, aun la vagoneta volcada parecía tener la misma posición en que yo la había visto la última vez —diez años antes—, o la penúltima —veintidós años antes—, en que había visitado aquel lugar. "La mina vieja", le decíamos los chiquillos que íbamos a jugar en ella, pero yo después supe que se llamaba la Covadonga.   Cogí la linterna sorda que me había prestado Zenaida, pero dejé el martillo y el cincel en la cajuela, crucé el vallecito hasta llegar al socavón y me detuve en el umbral. Era un agujero negro y hosco, de dos metros de ancho por dos de alto, que me quitaba las ganas de entrar. Cuando oí el ruido del motor que se acercaba, dominé la repulsión que sentía, encendí la linterna y empecé a caminar por el túnel. El olor a meados de murciélago era idéntico al que había cuando yo entraba en la mina de chico. Al verme, los murciélagos gritaron y empezaron a revolotear. La galería parecía estar en buena condición, la madera de los marcos estaba sana, las paredes y el techo estaban casi secos. Cincuenta y dos pasos conté hasta llegar al punto en que la galería se hacía más pequeña, de manera que para seguir avanzando hubiera sido necesario hacerlo agachado o a gatas. Me di por satisfecho, di media vuelta y emprendí el regreso a la boca de la mina. Afuera se oía el ruido de un motor desesperado. Era evidente que había un coche maniobrando furiosamente, después se detuvo. Seguí caminando pegado al muro hasta llegar a la entrada y miré hacia fuera por una rendija del último dintel. El cochecito blanco había girado en redondo y estaba junto al Safari, listo para salir corriendo. En ese momento se abría la portezuela y alguien se apeaba: era el gringo, con su camisa de leñador roja y verde. Paseó la mirada lentamente por la casa en ruinas, los eucaliptos, unos montones que había de deshecho de mineral, la vagoneta, los rieles y la detuvo en el socavón. Estuvimos mirándonos a los ojos sin que él se diera cuenta. Después entró en el coche, lo puso en marcha y se fue, dejando una polvareda. Decidí hacer tiempo. Cuando el coche se perdió de vista, salí de la mina, crucé el vallecito y fui a sentarme en el poyo que hay en el portal de la casa del español, a la sombra de unas láminas. Observé que entre las matas de zacate amarillo no había papeles ni latas vacías ni ningún otro signo de ocupación reciente. Había, eso sí, huellas de paso frecuente de rebaños de chivas. Miré el cerro que estaba enfrente, cubierto de huizaches verdes, porque estaban retoñando, y garambullos cenizos y me acordé que se llama el Cerro sin Nombre. ¡Qué nombre tan idiota para un cerro!, pensé. El sol pegaba con fuerza, no se movía una hoja, el cielo estaba azul, una torcaza cantó. Decidí que ese canto triste era la señal de ponerme en marcha. En la ranchería todo estaba como antes. Una jauría de perros flacos, furiosos, persiguió el coche, tratando de morder las ruedas, unos niños tripones me echaron piedras, las casas estaban ocultas tras la nopalera. Reconocí la casa del Colorado por el limonero y el portalito. Un hombre estaba desgranando mazorcas sentado en una sillita. Cinco perros me recibieron en la entrada. Al ver que me apeaba, el hombre dejó la mazorca y la muela, se levantó de la silla y cruzó el corralito para ir a darle un puntapié a un perro blanco, que era el más bravo de todos. Me dí cuenta de que no me había reconocido. —Soy el Negro —le dije. La sonrisa casi le hizo pedazos la cara. Después de mirarme a mí miró el Safari y por último nos estrechamos la mano. —Mira nomás, Negro, cómo has cambiado, que no me daba cuenta de que eras tú. Yo tampoco me había dado cuenta, pensé, de que el Colorado, además de ser rojo, es cacarizo. —Vamos a dar una vuelta —le dije— porque quiero platicar contigo. El cerró la puertecita de su casa con un mecate y nos pusimos a caminar, él por delante y yo atrás. No me preguntó a dónde quería ir, porque ya sabía: hicimos el mismo paseo que hemos dado cada vez que regreso al rancho: tomamos la vereda vieja que describe una curva para evitar al balneario, sube una pendiente empinada, pasa por el puerto que hay entre dos cerros, cruza la cazuela del Calderón por en medio, donde la huizachera es más espesa y desemboca en el manantial. A éste le dicen el borbollón. Es un agujero de diez metros de diámetro al que nadie le ha visto el fondo, porque el vapor que sale de adentro le quema a uno la cara cuando se asoma. El ruido que hace el borbollón es inolvidable: es como el eructo de un gigante que se produjera irremisiblemente cada tres segundos. Es igual de fétido. El manantial se desagua por una cañada estrecha que serpentea, dejando un rastro de vapor, hasta llegar a un punto en que el terreno baja y el agua llega a la superficie, de donde es conducida primero al estanque, para que se enfríe, después al balneario y por último a los cañaverales. Nos paramos en el borde del agujero, en terreno resbaladizo, donde no molestaba el vapor y el Colorado me hizo la pregunta ritual: —¿Te acuerdas de Nate, uno que era borracho y se puso aquí en cuatro patas y se fue de cabeza al hoyo? Nunca lo volvimos a ver. El borbollón no dejó escapar más que el sombrero. —Sí me acuerdo —le dije—. ¿Todavía vienen aquí las mujeres cuando quieren hervir un pollo y lo echan al borbollón pelado, amarrado con un mecate? —Todavía —dijo el Colorado.   Después de esta conversación caminamos otra vez, él por delante y yo atrás. Seguimos la cañada hasta llegar al estanque, nos paramos en el lodo calizo y el Colorado me hizo la otra pregunta ritual: —¿Te acuerdas de que aquí nos bañábamos cuando éramos chiquillos y de que un día hicimos tanto barullo que la dueña mandó al bañero a que nos corriera y fuimos nosotros los que lo hicimos correr a él, echándole piedras? —Me acuerdo —dije. Volvimos a caminar, entramos en el hotel por detrás, atravesamos los corredores y el patio desierto hasta llegar al porche, en donde decía "Ladies Bar", y nos sentamos en una mesa. Era evidente que los nuevos dueños habían querido hacer del Calderón un paraíso turístico y habían fracasado. No sólo no había clientes, sino que no había nadie detrás de la barra. Al rato se oyeron unos chancletazos que se acercaban por el corredor y no tardó en aparecer una mujer gorda y vieja, desfajada, que se había lavado el pelo y lo tenía extendido sobre una toalla que traía en los hombros. —Es doña Petra, la encargada —me explicó el Colorado. —¿Qué desean? —preguntó doña Petra. —Unas cervezas —dije. —Nomás que me hacen un favor —dijo ella—, que ustedes las saquen de la hielera, porque me lavé la cabeza con agua caliente y puede hacerme daño poner las manos en algo frío. Cuando el Colorado trajo las cervezas y tomamos un trago, dije: —Estoy en tratos para trabajar la mina vieja. —Está bueno —dijo él. —Nomás que hay alguien que tiene ganas de meter la mano y echar todo a perder. —Eso está malo. —Necesito alguien que, durante las próximas dos semanas, esté allí presente, noche y día, y que se encargue de que nadie entre en la mina y menos que saque mineral. ¿Conoces tú alguien de confianza que pueda encargarse de este trabajo? —Yo mismo. Dos semanas las tengo libres. Ya barbeché y no tengo nada qué hacer hasta que lleguen las lluvias. —¿Tienes todavía la carabina? —pregunté. —Todavía. —¿Cuánto me cobras? —Lo que tú me pagues. —¿Cien pesos diarios? —Está bueno. Le di dos billetes de cien. —Es un anticipo —dije. — Está bueno —dijo él y guardó los billetes. Tuvimos que ir a la administración para pagarle a doña Petra las cervezas. A un lado del mostrador había una cabina que decía "Larga distancia". Estuve a punto de pedir comunicación con la Chamuca, pero cambié de parecer en el último momento, porque había decidido hacerlo dando un nombre falso —Ángel Valdés— y el Colorado, que sabía mi nombre, estaba a mi lado. Pagué la cuenta y salimos. En Cuévano estacioné el Safari en el Jardín de la Constitución, frente a las oficinas del Registro Minero, compré los cinco periódicos que acababan de llegar de México y con ellos bajo el brazo, entré en la Flor de Cuévano. Pedí un café y estuve revisando los periódicos con mucho cuidado. La noticia de "los terroristas" aprehendidos, que había aparecido en primera plana el día anterior, había ido a parar en la página de Excélsior ese día, y no tenía continuación en ninguno de los otros periódicos. La información de Excélsior era un refrito de la del día anterior, excepto por una cosa: daban los nombres de los fugitivos, o mejor dicho, los apodos: "El Negro" y "La Chamaca". No aparecían nuestras fotos. La situación, decidí, era, dentro de lo posible, lo mejor. Más tranquilo, saqué mi agenda para buscar el número de teléfono de la prima de la Chamuca y lo primero que encontré fue el apunte, con letra del Manotas, que decía: "ir a Ticomán, tomar la lancha que va a la Playa de la Media Luna, hotel Aurora". Tomé este hallazgo como un signo de buena suerte  y decidí que allí precisamente, en la Playa de la Media Luna, íbamos a escondernos la Chamuca y yo nomás que tuviéramos dinero. Fui a la caja y le di a la cajera el número de Jerez. Ella empezó a llenar la forma. —¿Con quién quiere hablar? —Con Carmen Medina —es el nombre de la Chamuca. —¿Quién la llama? —Ángel Valdés. Cuando la cajera me hizo la seña y entré en la cabina, oí la voz desconfiada de la Chamuca que decía: —¿Sí? —Es Marcos. —Oí una mezcla de risa, sollozo y palabras incoherentes. —¿Cómo estás? —pregunté. —Quiero verte. —Pero estás bien. —Sí, pero quiero verte. —Oye esto: mañana o pasado, mi tío me entregará nueve mil pesos. —¿Qué le contaste? —Déjame terminar: si crees que estás en peligro o estás a disgusto en Jerez, dímelo ahora y voy por ti apenas tenga el dinero. —Ven por mí. —Déjame terminar: si no estás en peligro ni estás a disgusto y puedes esperarme diez días, mejor, porque mi tío tiene que entregarme entonces cuarenta mil pesos, y pasaré por ti y podremos irnos a pasar una temporada en la Playa de la Media Luna, que es donde estuvo el Manotas, ¿te acuerdas de que nos platicó? —Está bien, espero diez días y vienes por mí y nos vamos a la Playa de la Media Luna. —Perfecto. Yo te hablaré cada vez que pueda. —Dime qué hiciste para lograr que tu tío te dé tanto dinero. —Voy a hacer un trabajo sobre una inversión, que él va a decidir que no le conviene hacer, pero que de todas maneras me tiene que pagar. Ella rió, me despedí y colgué. Al salir de la Flor de Cuévano, crucé el Jardín de la Constitución y eché todos los periódicos que había comprado un rato antes en un bote de la basura, después fui por la calle del Triunfo de Bustos hasta encontrar una puerta con un letrero que dice "La Cueva de Alí Baba", entré en ella. Es una casa de antigüedades. En el cuarto mal iluminado vi, amontonado en desorden, libros viejos, ex votos, muebles apolillados, cerrojos antiguos, espejos empañados, etc. Había un hombre dando una mano de aceite a una silla; se irguió al verme y me preguntó: —¿Qué se le ofrece? —Creolita —dije. Me condujo a un patio interior en donde había fierros viejos y montones de piedras de varias clases, todas decorativas, de las que la gente usa para completar colecciones de minerales, como adorno o simplemente para detener puertas. Yo, que sabía lo que buscaba, fui a uno de los montones y escogí seis ejemplares que me parecieron excelentes. La creolita es una piedra pesada, blanca, con vetas rojizas. —Cuestan veinte pesos cada una —dijo el hombre. Le pagué y él me dio un saco viejo de cemento para ponerlas. Las llevé al Safari y las puse en la cajuela, después entré en las oficinas del Registro Minero, compré un mapa aéreo, escala 1:50,000, en el que aparecía el Calderón y llené una solicitud de "certificado de no inscripción" de una mina llamada La Covadonga, en el Municipio de Las Tuzas. Hecho esto, fui a la tienda que se llama El Caballero Elegante y compré dos camisas y cuatro pares de calcetines. Al salir de El Caballero Elegante, iba a cruzar otra vez el Jardín de la Constitución para llegar al coche, cuando tomé una decisión muy extraña: entré en la farmacia del doctor Ballesteros y compré seis condones.  En la calle de la Sonaja, afuera de la casa de mi tío, estaba el cochecito blanco. Le di un golpe no completamente intencional al estacionar el Safari. Eran pasadas las cuatro. Zenaida abrió el portón y me ayudó a sacar lo que tenía en el coche. —Antes de irse a dormir la siesta —dijo Zenaida—, el patrón me dejó encargado que le diera a usted lo que se le antojara, tanto de beber como de comer, así que ordéneme, joven. Le dije lo que quería y entramos juntos en la casa. Nos separamos en el zaguán, ella se fue hacia el patio de servicio con las herramientas que me había prestado en la mañana y yo hacia el corredor con el saco de cemento lleno de piedras y el bulto de El Caballero Elegante. Caminé procurando no hacer ruido, porque las puertas de los cuartos estaban abiertas; hacía mucho calor. Mi tío Ramón dormía la siesta casi sentado, reclinado en cojines, en la cama matrimonial de fierro. Amalia y el gringo estaban en camas gemelas, boca arriba, los brazos pegados al cuerpo, las piernas estiradas y los pies, sin zapatos, formando un ángulo recto. Parecían dos que hubieran muerto estando en "firmes", la posición fundamental del soldado. Lucero estaba recostada en su cama, leyendo un libro. Usaba anteojos. La casa verde, alcancé a leer el título. Me detuve ante su puerta. Ella me miró por encima de los anteojos y sonrió. —Hola —dijo. —Quiero otro beso —dije. —Ahora no —contestó y siguió leyendo. Seguí caminando al cuarto de las cuatas, puse el saco con las piedras en el piso, el bulto de El Caballero Elegante sobre la cama, saqué el mapa aéreo de la bolsa del pantalón e iba a ponerlo sobre la cómoda, pero cambié de opinión, volví a ponerlo en la bolsa, cogí la toalla y fui al baño. Me tardé mucho rato. Cuando regresé a mi cuarto encontré lo que esperaba encontrar: el saco con las piedras había sido cambiado ligeramente de lugar. Al examinar el interior vi que de las seis piedras que compré, había cinco. Saqué el mapa aéreo que llevaba en la bolsa del pantalón, lo puse en uno de los cajones de la cómoda, que estaban vacíos, y lo cubrí con las camisas nuevas y los calcetines que acababa de comprar. Salí al corredor. Lucero seguía leyendo en su cuarto. El gringo se había levantado de la cama y estaba encendiendo un puro, sentado en uno de los equipales del corredor. —¡Hola! —dijo al verme—. Te extrañamos a la hora de comer. ¿Dónde andabas? Nos miramos sonrientes, llenos de amabilidad, como dos imbéciles. Se necesita ser pendejo, pensé, para hacer estas preguntas. —Fui a Cuévano —dije. —¿Ah, sí? ¿Y qué noticias me das de Cuévano? Ni siquiera le contesté. Fui derecho al comedor.




Tuesday, March 21, 2017

Elia Casillas

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JORGE IBARGÜENGOITIA: CAPÍTULO III DOS CRÍMENES

CAPÍTULO III

El cuarto de las cuatas perteneció inicialmente a dos hermanas de mi tío Ramón que nacieron gemelas y murieron jovencitas, de influenza española, en una misma semana de 1920. Se conservó intacto y servía para alojar visitantes ocasionales —yo lo conocía por haber pasado en él dos temporadas en que visité de muchacho la casa de mi tío—. Era un cuarto "femenino": el papel tapiz era color de rosa, las colchas de las dos camas eran azul pálido, los tapetes eran azul fuerte y en la pared había una acuarela que representaba un Pierrot. Todo estaba desteñido. Una mujer había quitado una de las colchas y estaba inclinada desdoblando una sábana. Yo podía ver su cabello castaño claro, sus brazos tersos, ligeramente bronceados: era Lucero. Ni había oído mis pasos ni se había dado cuenta de que yo estaba en el umbral. De pronto se enderezó y con un movimiento rápido abrió los brazos e hizo volar la sábana abierta. Los dos nos sobresaltamos, ella al darse cuenta de que no estaba sola y yo al comprender que estaba ante una mujer completamente desarrollada. Cuando la sábana cayó sobre el colchón ella se serenó, antes que yo, y me dijo: —Tú eres Marcos. —Tú eres Lucero. —Tú me enseñaste a jugar un juego de la baraja que se llama canasta de dos manos. —Tú eras una niña flaca que estaba en el corredor llorando de aburrimiento. Me miró de arriba abajo. —No te hubiera reconocido —dijo. Me hizo sentirme incómodo. Puse sobre una silla el jorongo de Santa Marta y el libro del doctor Pantoja. —Yo a ti tampoco. —Tú eras muy guapo —dijo ella. —Tú eras horrible. Ella rió y empezó a meter los extremos de la sábana bajo el colchón. Yo fui a la ventana y miré las ruinas de lo que había sido caballerizas. — ¿Cuándo fue eso? —preguntó Lucero. —Hace diez años. —¿Y ahora qué, te parezco horrible? La miré un momento y después dije: —No. Ella volvió a reír y dijo, sin dejar de tender la cama: —Todavía recuerdo el juego que me enseñaste. A veces lo juego. —Yo lo he olvidado. ¿Y ahora qué haces? —Tiendo la cama. —Aparte de eso, quiero decir, ¿estudias? —Juego ajedrez con mi tío. —¿Por qué?, digo, ¿por qué no estudias? —Porque terminé la preparatoria, que es lo más que se puede estudiar en Muérdago. Iba a ir a Pedrones a estudiar medicina pero entonces mi tío se enfermó y mi mamá y yo tuvimos que venir a esta casa a cuidarlo. —Mala suerte. —No me pesa. Hago otra cosa: dibujo. —¿Dibujas qué cosa? —Caras. Hago retratos de gente. — ¿Y cuando los terminas qué haces con ellos? —Los tiro en la basura. No tenía brasier. La ayudé a tender la colcha.  — ¿Te llevas bien con mi tío? —Mejor que con nadie y él me quiere a mí como a nadie. La miré con respeto. La cama estaba lista. En ese momento entró Amalia. — ¿Qué haces aquí? —preguntó a Lucero. —Vine a tender la cama. —Debió tenderla Zenaida. —Ella estaba poniendo la mesa. Mientras yo consideraba lo diferentes que eran la madre y la hija, Amalia se volvió a mí: — ¿Dónde está tu equipaje? —En esa silla —dije, señalando el jorongo de Santa Marta y el libro del doctor Pantoja. Amalia los miró incrédula un instante, pero no hizo ningún comentario. En cambio dijo: —Mi tío nos espera en la mesa. Salió del cuarto, Lucero me hizo un guiño antes de seguirla y yo cerré la marcha. En la mesa de los Tarragona siempre han cabido diez comensales con amplitud. Dicen que cuando mi tío la heredó, a la muerte de sus padres, se opuso a que le quitaran las extensiones para hacerla más chica. Durante muchos años, las más de las veces, se sentaban a la mesa dos: mi tío Ramón en la cabecera y mi tía Leonor a su lado. Aquel mediodía la mesa seguía siendo enorme y estaba cubierta con un mantel blanco muy limpio. Mi tío parecía Dios Padre, sentado en la cabecera, de espaldas al emplomado amarillo, con una servilleta blanca sujeta por dos pinzas que le cubría el pecho. A su derecha había dos cubiertos y a su izquierda tres, frente al segundo de éstos estaba sentado el gringo. El gringo es Jim Henry, marido de Amalia y padre de Lucero. Es un hombre muy alto, peinado de raya, que siempre tiene un gallo levantado. No había envejecido un minuto en los diez años que yo había dejado de verlo. Tenía puesta la misma camisa de leñador. Cuando me vio entrar no se extrañó ni pareció alegrarse ni siquiera me tendió la mano. Siguió sacando la servilleta del aro y se la puso en las piernas. —Hola —dijo. —Hola —le contesté. —¿Para quién es el sexto cubierto? —preguntó mi tío. —Para Alfonso mi hermano —dijo Amalia—, que dijo que vendría a comer. — ¿Qué querrá? —Yo creo que ver cómo estás y saludarte. —Es necesario decirle a Alfonso que cuando quiera ver cómo estoy, saludarme, me pregunte si quiero yo verlo a él, en vez de avisarte a ti que viene a comer. Amalia se mordió el labio y me ordenó con cierta ferocidad: —Tú, siéntate aquí. Yo había estado a punto de sentarme junto a Lucero, a la derecha de mi tío, Amalia hizo que me sentara junto al gringo, en el lugar más alejado de la cabecera. Amalia se sentó entre el gringo y mi tío. En el mismo instante que Amalia, que fue la última en sentarse, puso las nalgas sobre la silla, entró por la puerta Zenaida con la sopera de porcelana blanca, y fue a ponerla sobre la mesa, al lado de Amalia, quien sirvió los platos y los repartió en el orden siguiente: a mi tío, al gringo, a Lucero y a mí al último. Poco le faltó para servirse ella antes que pasarme un plato. El gringo, que parece que tiene el pescuezo soldado y no puede volver la cabeza sin hacer girar todo el tronco, trató de iniciar una conversación conmigo: — ¿Y qué novedades hay en Cuévano? —No sé. Hace ocho años que no vivo allí. Vivo en México. —Comprendo. ¿Y qué novedades hay en México? —etcétera. Lucero untó mantequilla en una tortilla, la enrolló haciéndola un taquito y se lo dio a mi tío, hizo otro y se lo dio al gringo, hizo un tercero y se lo comió ella misma. A mí no me dio nada. La sopa era de fideo y fue servida según lo que yo recordaba haber sido la costumbre de mi tía Leonor: cada comensal agregaba a su gusto trocitos de queso blanco y chiles guajillos fritos. Yo estaba en la tercera cucharada cuando entró en el comedor un hombre de cejas muy gruesas y bigotes finísimos, vestido a matar, con un traje color aguacate y una camisa amarillo paja. Levantó las manos para pedirnos que no nos moviéramos y se vieron reflejos de mancuernillas, reloj de pulsera muy gruesa y varios anillos, todo de oro, al mismo tiempo decía: —No se levanten, no se cohíban, no me hagan caso, sigan tranquilos comiendo. Era mi primo Alfonso Tarragona, el banquero, alias el Dorado. Fue a la cabecera y trató de besarle la mano sana a mi tío, pero éste se la negó y Alfonso tuvo que conformarse con recoger la mano inerte, que estaba sobre el mantel y ponérsela en los labios, después besó en la mejilla a Lucero, que tenía la boca llena, saludó a Amalia y al gringo moviendo la manita, y hasta entonces pareció darse cuenta de que yo estaba allí sentado, me reconoció inmediatamente y fingió un estremecimiento del gusto que le dio verme. Fue hacia mí con los brazos abiertos, dio la vuelta a la mesa y dijo: — ¡Primo, qué gusto de verte, qué sorpresón tan agradable! Mientras me limpiaba la boca con la servilleta y me ponía de pie, decidí que era Alfonso a quien Amalia había avisado por teléfono que "el Negro" estaba en Muérdago. Nos saludamos como generales, de abrazo, palmada y apretón de manos. Él fue a sentarse junto a Lucero y yo seguí comiendo la sopa. Alfonso preguntó a mi tío: — ¿Cómo has estado, cómo te has sentido, no has tenido ningún nuevo malestar? —No me he sentido ni mejor ni peor que otras veces —dijo mi tío. — ¡Cuánto me alegro! —dijo Alfonso, y agregó, dirigiéndose a los demás—. Estos viejos de antes tienen una constitución de hierro. ¡Qué envidia me dan! —y agregó, dirigiéndose a mí—: ¿y a ti, Marcos, qué vientos afortunados te traen por estos rumbos? —Es un viaje de negocios —dije. —Ah, ya veo, y aprovechaste para venir a saludar a mi tío Ramón a quien no habías visto en... ¿cuánto? —Diez años. — ¡Diez años! ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Así que no estuviste en Muérdago cuando murió mi tía Leonor? Ya la habían ascendido. Antes había sido "la señora de mi tío". —No —admití. — ¿Ni cuando estuvo enfermo mi tío, verdad? —Tampoco. —Pues has de encontrar esto muy cambiado. De todos modos me alegro que se te haya ocurrido venir en esta ocasión, porque nos das la oportunidad de volver a verte. Tomó una cucharada de sopa, se limpió los bigotes con la servilleta y siguió interrogando: —¿Dónde guardaste tu coche? —No vine en coche, llegué a Muérdago en autobús. — ¡Hombre, cuánto lo siento, qué barbaridad, qué incómodo ha de ser eso! El gringo tomó la palabra: —¿Por qué no viniste en coche, no tienes? La cuchara llena de sopa que Alfonso iba a meterse en la boca se quedó a medio camino, Lucero dejó de untar mantequilla en una tortilla que iba a darle a mi tío, Amalia y el gringo me observaban con atención, sólo mi tío siguió comiendo tranquilamente. —Mi coche está en México —dije—, en un taller de reparaciones, porque tuve un accidente. —¡Ah, qué caray, qué mala suerte! —dijo Alfonso. —¿Qué marca es? —preguntó el gringo. —Una Pick up International —mentí, porque no podía decir que mi Volkswagen estaba en la Procuraduría. —¿Y por qué una Pick up? —quiso saber Alfonso—, ¿tienes cría de puercos o qué? —Soy consultor de minas —dije. La mención de mi profesión inventada produjo un silencio respetuoso que duró quince segundos. — ¿No tienes otro coche? —preguntó el gringo. Decidí que no estaba en condiciones de inventar otro coche y otra razón para no usarlo. —No —dije.   —Tampoco tiene equipaje —dijo Amalia. Me miraron en silencio un momento, después Alfonso dijo: —¿Tuviste que salir de México a toda prisa? Mientras yo pensaba qué podía contestar, mi tío habló dirigiéndose a mí. —Tus primos —dijo— tienen mucho interés en saber a qué viniste a Muérdago, Marcos. No te mortifiques inventando pretextos. Diles la verdad. Diles que viniste porque yo te mandé llamar. La atención de todos, que había estado fija en mí, se fue sobre mi tío, quien, con mucha calma se metió en la boca una madeja de fideo que resultó demasiado grande y que estuvo sorbiendo ruidosamente. Comprendí que el tormento había terminado cuando vi que el siguiente taquito que hizo Lucero fue para mí. —Si necesitas una camisa—dijo el gringo—, yo te la puedo prestar. —Gracias, pero no me hace falta —dije, aunque la que tenía puesta estaba empapada. —Si quieres ir a algún lado —dijo Alfonso—, ya sea por negocio o porque quieras visitar los alrededores por gusto, no vayas en autobús. Ve al banco de la Lonja, que está aquí en la esquina, preguntas por el director general, que soy yo, y me dices con toda confianza, "Alfonso, quiero el coche", y yo te presto en el acto mi Galaxie. Cuando Zenaida llevó a la mesa el guisado, Amalia cambió el orden del reparto y me pasó el plato que sirvió después del que le dio a mi tío. Más tarde, al levantarnos de la mesa, mientras el gringo encendía un puro y Alfonso y Lucero empujaban la silla de mi tío al corredor, Amalia me tomó del brazo y me dijo con una sonrisa que pretendía ser coqueta: —Supongo que no le has dicho a mi tío que llegaste a Muérdago anoche, que viniste a la casa y que yo no te dejé pasar. —No se lo he dicho y no pensaba decírselo. —Haces bien. Mi tío tendría un disgusto que podría hacerle daño, y además él es el culpable de lo que pasó, por no advertirme que te había mandado llamar y que estabas por llegar, porque has de saber que tiene dadas órdenes estrictas de que no dejemos entrar en esta casa más que a los de la familia y a sus amigos más íntimos. Al llegar a este punto de su discurso, Amalia comprendió que había cometido varios errores y empezó a componerlos: —Claro que tú también eres de la familia, pero. . . —No te preocupes. Entiendo tu situación. Al cruzar el umbral tomados del brazo tuvimos que apretujarnos un poco y sentí en mi muslo la presión de su nalga. No sé si fue accidente. La parte de mi camisa que estuvo en contacto con ella quedó oliendo a heliotropo. Alfonso se despidió —dijo que tenía una cita a las cuatro con un emisario especial del Gobernador del Estado—, volvió a ofrecerme el Galaxie y se retiró. Los demás fuimos a nuestros cuartos "a dormir una siestesita". Mi tío, empujado por Zenaida y Lucero, entró en su recámara, que era la principal, la primera después del despacho y la única que tenía baño individual, Amalia y el gringo entraron en la siguiente puerta del corredor, la tercera puerta era la del cuarto azul, que ocupaba Lucero, la cuarta era la de las cuatas. No entré en ella, sino en la puerta que estaba enfrente, que era la del baño. Era un baño enorme, con lambrín de azulejo blanco. El excusado estaba sobre un estrado, el lavabo tenía un metro veinte de ancho, en la tina podía bañarse una familia. De una de las llaves de agua de la regadera colgaban unos calzones negros, con encajes. Por el tamaño supuse que serían de Amalia. La puerta se podía cerrar, pero no asegurar por dentro, porque el pasador estaba roto. En mi cuarto, saqué lo que tenía en la bolsa de la camisa —los sesenta y un pesos y la copia del contrato que había hecho con mi tío— y lo puse sobre la cómoda, me quité las botas argentinas, vi que en uno de mis calcetines había un hoyo y me tendí sobre la cama que había arreglado Lucero. Me acordé de la Chamuca, en dos imágenes: primero su cara llorosa, en la ventanilla, cuando el autobús se iba, después su cuerpo desnudo, cuando quitaba la colcha y no quiso hacer el amor por miedo de que nos oyera Evodio. El cenzontle enjaulado que había en el corredor cantó, dieron las cuatro en la parroquia, un jicote entró por la ventana abierta y después de un reconocimiento volvió a salir, oí los tacones de Amalia en el corredor y después la puerta del baño que se abría y se cerraba. Pasó un ratito. No sé si fue un ruido insignificante lo que me hizo mirar a la puerta, pero alcancé a ver la perilla que giraba lentamente, la puerta que se abría, y después, por la abertura, aparecer, primero los pelos rubios y luego las cejas negras de Amalia. Cerré los ojos. Comprendí que había entrado en la habitación, porque oí sus pies descalzos caminar sobre el mosaico. Después no oí nada. Entreabrí los   ojos. En la rendija que quedó entre mis pestañas alcancé a ver a Amalia examinando el libro del doctor Pantoja, no encontró lo que buscaba, lo dejó sobre el jorongo, miró a su alrededor y dio un paso hacia la cómoda. Entonces me moví, tratando de imitar a un durmiente que está a punto de despertar. Amalia se detuvo, dio media vuelta y salió de la habitación. Después la oí alejarse taconeando. Cuando trataba de comprender el significado de aquella visita extraña me quedé dormido. Desperté pasadas las cinco, salí al corredor y en el patio vi a Amalia con dos hombres. Reconocí a mis otros dos primos: Gerardo el juez y Fernando el agricultor. Amalia hablaba con voz que no alcancé a oír, Gerardo escuchaba con los brazos cruzados y las cejas hirsutas fruncidas, Fernando se acariciaba los bigotes, pensativo. La actitud de ambos me hizo sospechar que Amalia estaba describiendo los incidentes de mi llegada y lo que mi tío había dicho en la mesa. Cuando Fernando me vio le dio un codazo a Amalia, levantó la mano para saludarme y sonrió a fuerzas, Gerardo, más comunicativo, abrió los brazos y dijo: —Dame un abrazo, primo. Los dos fueron a mi encuentro mientras su hermana se quedó atrás ajustándose los tirantes del brasier. Gerardo es gordo, cano y sonrosado, Fernando es flaco y desgarbado; Gerardo iba de traje de casimir, Fernando de chamarra y pantalones de dril; Gerardo me dio un abrazo apretado, Fernando las puntas de los dedos nomás. —Amalia nos dice que vas a pasar unos días en Muérdago, lo cual me da mucho gusto y a Fernando también, ¿verdad, Fernando? —Sí, me da gusto. —Ya sabes que en este pueblo no hay mucho qué hacer ni gran cosa qué ver, pero de todos modos, si quieres ir a algún lado, cuenta conmigo, y con Fernando también, ¿verdad Fernando? —Sí, cuenta conmigo, si de algo te sirve. —Si en algún rato no tienes qué hacer y estás aburrido, vete al juzgado y podemos platicar o jugar dominó. Fernando puede llevarte a la hacienda, ¿verdad, Fernando? —Sí, si quieres ir, te llevo. —Ahora es tiempo de melones —dijo Amalia, que se había reunido con nosotros. Se oyó un pelotazo y dos muchachos entraron en el patio, jugando fútbol y maltratando las plantas. —Son mis hijos —dijo Gerardo, orgulloso—. Los traigo con frecuencia a que saluden a mi tío Ramón, porque él los adora, ¿verdad, Fernando? —Sí, parece que no le caen mal. En ese momento mi tío apareció en la puerta de su recámara, en su silla de ruedas, empujada por Lucero y Zenaida. Vio el juego de fútbol y dijo: —Gerardo, haz que estos niños se vayan a jugar a otra parte. —Saluden a su tío Ramón, niños, para que puedan irse a la casa. Los muchachos fueron a besarle la mano sana a mi tío y después se retiraron sin despedirse de nadie. Cuando iban por el zaguán, mi tío dijo a Lucero: —Trae un trapo con alcohol para limpiarme la mano. Gerardo se acercó a mí y explicó en voz baja: —A mí me parece muy importante que los jóvenes estén en contacto con la vejez y se vayan familiarizando con ella. ¿No te parece, primo? Yo estuve de acuerdo. — ¿Saben qué se me antoja, muchachos? —Preguntó mi tío cuando Lucero le limpiaba el dorso de la mano—. Ir a ver el atardecer en la punta de la loma de los Conejos. Hubo un momento de silencio. Fue evidente que mis primos no querían ver el atardecer en ningún lado, pero luego se repusieron. —Claro, es muy buena idea —dijo Gerardo—, ¿verdad, Fernando? —Si mi tío quiere, vamos. —Sí quiero y quiero que tú vengas también, Marcos —dijo mi tío. Entre los tres hombres cargamos la silla de ruedas para bajar los cuatro escalones que hay entre el corredor y el zaguán; el coche de Gerardo estaba en la puerta; entre Lucero y Zenaida pasaron a mi tío de la silla de ruedas al asiento delantero del coche en lo que pareció ser una operación muy sencilla,  pero una vez en la loma, para pasar a mi tío del asiento a la silla, los tres hombres que lo acompañábamos tuvimos que forcejear hasta quedar sudorosos. —Empújame allá —dijo mi tío a Fernando, señalando la orilla del acantilado. Mi tío daba órdenes cortas a mis primos, sin agregar nunca un "por favor'', y se había comportado ante ellos como si estuviera presente Amalia, es decir, de manera muy diferente que cuando había estado con don Pepe y conmigo: no había intentado fumar ni dicho palabras groseras. Mientras Fernando y mi tío se alejaban, Gerardo se entretuvo con el pretexto de sacar un paliacate para secarse el sudor, pero en realidad para poder hablar a solas conmigo. —Dice Amalia que mi tío te pidió que vinieras, ¿qué medio de comunicación usó? Comprendí que tenía que seguir echando mentiras. —Una carta —dije, y me quedé dudando si mi tío, medio paralítico, estaría en condiciones de escribir una carta entera. Gerardo me demostró que sí lo estaba con su siguiente pregunta: — ¿Qué te decía en la carta? —Que quería verme. — ¿Con qué objeto? —No decía. —Bueno, yo creo que tiene que haber algún motivo para que mi tío quiera verte ahora, después de tantos años de no verte. ¿Cuál será? —Esa pregunta, Gerardo, debes hacérsela a mi tío, él es el que sabe la respuesta. —La sabe, pero me contestaría que estoy metiéndome en lo que no me importa. —Lo mismo pienso yo. Los dos estábamos sonriendo. Fue una confrontación bienhumorada. —Eres injusto, primo —dijo Gerardo—, porque sí me importa. Dime con sinceridad: ¿no crees que esta llamada que te ha hecho mi tío está relacionada con la herencia? —¿Cuál herencia? —La que mi tío va a dejarnos a sus sobrinos. —A mí no me ha dicho nada de dejarme herencia —dije, la primera verdad de todo el día—. ¿Te ha dicho algo a ti? —No explícitamente —me miró con sus ojitos verdes, blancos y colorados antes de decidir hablar con franqueza—. Pero se sobrentiende. Voy a ponerte el caso de Alfonso mi hermano como ejemplo: cuando mi tío se enfermó, le dijo a Alfonso: "ocúpate de la cartera''. La cartera son las acciones que tiene mi tío, que son muchas. Alfonso se encarga de vigilar la inversión, cobrar dividendos, entregarle a mi tío lo que necesita para sus gastos y reinvertir lo que sobra. Ni Alfonso ha pretendido cobrar comisión por este trabajo, ni mi tío ha ofrecido pagarle un centavo. ¿Qué entiendes? Que cuando mi tío desgraciadamente se muera, Alfonso va a heredar la cartera y que mi tío se la ha dejado manejar desde ahora para que se vaya adiestrando. Lo mismo pasa con Fernando: vive en la hacienda, trabaja de sol a sol, hace las cuentas, es responsable de la maquinaria. Mi tío le paga lo mismo que al mayordomo: cuatro mil pesos al mes. ¿Qué significa esto? Que va a heredar la Mancuerna. El caso de mi hermana Amalia: mi tío le dijo, "vente a vivir en mi casa, con tu hija". ¿Tú crees que eso no es molestia para ella? El gringo duerme solo en su casa. Lógico es que, a la muerte de mi tío, Amalia herede la casa de la Sonaja. ¿Y de mí, qué decir? Yo administro las casas del barrio de San Antonio. Viven allí puros malhechores, no tienes idea del trabajo que me cuesta cobrarles la renta, y eso que me tienen miedo porque soy juez. El día que mi tío se muera, tumbo las casas y vendo el terreno para fábrica o para bodegas, porque está pegado a la carretera. ¿Entiendes ahora cuál es la situación? —Sí, está muy clara. —Entonces no has entendido. No está clara. En los cálculos que hemos hecho mis hermanos y yo no entrabas tú. Por eso te pido, a nombre de mis hermanos y en el mío propio, que apenas sepas qué es lo que va a heredarte mi tío, nos avises, para que nosotros sepamos qué es lo que nos va a tocar y podamos hacer nuestras cuentas. ¿Te parece bien, actuar como buenos primos? —Estoy de acuerdo —dije y nos dimos la mano sonrientes para cerrar el trato. Fernando había colocado la silla de ruedas sobre una plataforma de roca desde donde mi tío podía contemplar con toda comodidad el panorama. A sus pies se extendían las tierras fértiles de la Mancuerna, limitadas de un lado por cerros pelones y del otro por parcelas raquíticas. —... cuando levantes aquella lenteja —estaba diciéndole mi tío a Fernando—, siembra sorgo en ese lugar, cuando se acabe el melonar, empareja la tierra y siembras alfalfa. —Si tú crees que eso es lo que conviene, lo hago —contestó el otro. Mi tío se volvió hacia mí. Era evidente que la vista de sus tierras lo rejuvenecía. — ¿Qué te parece, Marcos? ¿No es como una esmeralda en un basurero? Miré el trigo, que empezaba a tener reflejos plateados, los campos de sorgo rojizo y bien disciplinado, las huertas de fresa, etc. Hasta nosotros llegaba el zumbido de varios tractores. —Está muy bien —dije. —Este que ves aquí —dijo mi tío señalando a Fernando— es el que administra esas tierras y no lo ha hecho mal. Las siembras no están mejores que cuando yo estaba a cargo, pero tampoco están peores, lo cual es mucho decir. —No he tenido ningún mérito —dijo Fernando—, es cosa nomás de sembrar, regar y después recoger la cosecha. Gerardo intervino para explicarme: —Dice Fernando que cuando llegó a la Mancuerna todo estaba en tan buenas manos y en un orden tan perfecto, que hubiera sido imposible cometer un error. —Nunca es imposible cometer un error —dijo mi tío. Durante un rato miramos las tierras en silencio, luego mi tío señaló en lontananza y recordó: —Aquellos eucaliptos que se ven allá, los planté yo mismo hace treinta años. Miramos los eucaliptos hasta que mi tío señaló en otra dirección. —Y aquellos fresnos los planté hace cuarenta. Miramos los fresnos hasta que mi tío señaló en alto: —Miren aquel zopilote. Miramos el zopilote hasta que mi tío dijo: —Se me ocurre, Marcos, que para el viaje que tienes que hacer mañana, el Galaxie de Alfonso no es el coche adecuado. Yo creo que más vale que Fernando te preste su Safari, porque el camino que tienes que recorrer es bastante malo. Yo no tenía idea de cuál era el camino "bastante malo" que yo había de recorrer el día siguiente, porque no había quedado con mi tío de ir a ninguna parte. Él me miraba muy serio, sin parpadear. Mis primos cruzaron una mirada. — ¿A cuál camino te refieres? —preguntó Gerardo. Mi tío contestó inmediatamente: —Es el que va a un lugar en donde Marcos y yo vamos a poner un negocio. Gerardo se volvió a mí, esperando que esclareciera el punto, Fernando, en cambio, se dio por vencido. Dijo a mi tío: —El Safari es tuyo y haces con él lo que quieras. Si crees que Marcos lo necesita para ir a algún lado, allá tú, yo mañana lo dejaré en la puerta de tu casa a las ocho de la mañana. — ¿Te parece bien a las ocho? —me preguntó mi tío. —La hora que a Fernando le convenga es buena —dije. —Muy bien, las ocho —dijo mi tío, y con eso puso punto y aparte en la conversación—. Vamos al Casino a jugar póker. —Si quieres ir al Casino, vamos —dijo Fernando y empezó a empujar la silla de ruedas para regresar al coche. Gerardo y yo volvimos a quedarnos atrás. — ¿Qué negocio es el que tienes con mi tío? —preguntó. —No me preguntes porque no puedo contestarte, le he dado mi palabra de honor a mi tío de no hablar de este asunto, pregúntale a él. —Me va a decir que qué me importa. —Probablemente tenga razón. — ¿Por qué eres así conmigo, primo? Paco el del Casino, un español chaparrito que es el administrador, salió al vestíbulo a recibir a mi tío y lo trató como si fuera el dueño de la institución. Hizo que los mozos abrieran el saloncito del entresuelo que le gustaba a mi tío, fue a sacar las fichas de hueso que guardaba en la caja fuerte y durante la partida entró varias veces a preguntar si se nos ofrecía alguna cosa. Mi tío bebió agua  mineral, no fumó, no dijo malas palabras y ganó todos los juegos menos uno. Yo pasé un mal rato, porque los lotes iniciales eran de doscientos pesos y yo nomás tenía sesenta y uno en la bolsa. Mi tío hizo un chiste. Dijo que la situación en que estaba le recordaba el siguiente cuento: —Pepito va a la escuela y la maestra de zoología explica los hábitos de la hiena. "La hiena", dice la maestra, "es un animal que habita en páramos áridos, se alimenta de carne putrefacta, cohabita una vez al año, y se ríe, ¿está claro?, ¿hay alguna pregunta?" Pepito alza la mano y dice: "yo no entendí, maestra, si la hiena es un animal que habita en páramos áridos, se alimenta de carne putrefacta y cohabita una vez al año, ¿de qué se ríe?" Todos reímos, especialmente Gerardo, que casi se ahogó. —Así estoy yo —dijo mi tío—, ¿de qué me río? Fernando barajó y repartió — ¿Corrida mata a tercia? —pregunté. Los tres me dijeron que sí, pero poco rato después yo tuve corrida y mi tío tercia y tercia mató a corrida y mi tío recogió las apuestas. —Tercia mata a corrida —me explicó Gerardo que me veía descontento— cuando es póker abierto de siete cartas, como el que jugamos en esta partida. Más tarde yo tuve tercia y mi tío corrida en póker abierto de siete cartas y corrida mató a tercia y mi tío volvió a recoger las apuestas. Me le quedé mirando a Gerardo, esperando otra explicación, pero él estaba muy ocupado barajando para poder contestarme. —Esto no sirve —dijo Fernando—, me voy. Echó las cartas sobre la mesa con tanta fuerza que se voltearon. Estoy seguro de que alcancé a ver dos pares. Esa partida mi tío la ganó con un par de odios. En otra ocasión, Gerardo, que tenía par de reinas y dos cuartos, no quiso seguir apostando y se fue dejando dos cartas sin abrir. Mi tío ganó con tercia. Me quedaban muy pocas fichas cuando llegó a mis manos una flor. Me sostuve. Aposté todo lo que tenía en fichas y cincuenta pesos que saqué de la bolsa, mis primos se retiraron del juego después de pujar un rato y mi tío pagó por ver. Se puso rojo cuando vio las cinco cartas de corazones que yo abrí. —Muy buen juego —dijo, y puso sobre el tapete dos pares. Ni Fernando ni Gerardo se atrevieron a decir que dos pares matan a flor. Recogí las apuestas. Mi tío dijo en ese momento: —Ya me cansé. Vámonos. Retiré mis cincuenta pesos y justo alcancé a pagar el lote que había recibido al principio. Nadie se dio cuenta de que había jugado sin fondos, cosa que, supongo, hubiera escandalizado cuando menos a mis primos. Mi tío ganó cuatrocientos cincuenta pesos, que se guardó en el chaleco, Gerardo perdió el albur que jugamos para decidir quién pagaba lo que habíamos bebido, pagó y nos levantamos de la mesa. Mi tío y yo merendamos en el comedor, café con leche y bizcochos, atendidos por Amalia — Lucero había salido a la calle, Zenaida estaba lavando el piso de la cocina—. Al terminar, mi tío se limpió la boca con la servilleta, y le dijo a Amalia: —Quiero hablar a solas con Marcos en mi despacho. Llévale a él una botella de coñac y una copa, y a mí una botella de Tehuacán y un vaso. Empujé a mi tío al despacho y me senté frente a él en uno de los sillones de cuero. El dijo: —No te sientas obligado a ir mañana a ningún lado. Le pedí el Safari a Fernando nomás para molestar a tus primos. Estoy seguro de que no van a poder dormir pensando en cuál será el negocio que podamos tener entre tú y yo —se rió de placer al pensar en el insomnio que iba a provocar su broma. —Ya que conseguiste el coche —le dije—, voy a usarlo. Mañana te traigo las muestras. Amalia entró con una charola en la que había una botella de Martell y una copa, otra de agua de Tehuacán y un vaso, y la puso en la mesita. —Debes saber, Marcos —me dijo Amalia con mucha solemnidad— que mi tío tiene prohibido fumar y beber. —Cierra esa puerta cuando salgas —dijo mi tío. Cuando Amalia se fue, mi tío abrió la caja fuerte, sacó una de las copas que habíamos usado al medio día para tomar mezcal, la puso sobre la mesita, con un gesto me ordenó que se la llenara y se la  bebió de un trago, sin dar tiempo siquiera a decir "salud". Respiró satisfecho y me hizo el mismo gesto. Volví a llenarle la copa. —Voy a pedirte un favor —dijo mi tío—: mientras estés en esta casa, quiero que todas las noches tomes coñac Martell, que es lo que a mí me gusta beber después de cenar, y que fumes cigarros Delicados, que son los que acostumbro fumar. De esta manera las mujeres creerán que tú eres el único que fuma y bebe, ¿me entiendes? Quiero que me sirvas de pantalla. —Lo haré con mucho gusto, tío —dije. Más tarde, cuando Amalia entró a recoger lo sucio, la vi quedarse mirando la botella de coñac a medias y los ocho cigarros que había en el cenicero. No hizo ningún comentario.